¿Reflexiones amontonadas?

Hace unos meses leí “Todo por un depto” (Revista Seúl, 24/05/26). Me dejó pensando. Escribo, amontonadas, desordenadas y de un tirón, las ¿reflexiones? que me disparó la lectura del texto.

Si no leyeron la columna, su autor, el Dr. Phibes, se refugia en el anonimato para contar una experiencia sin dudas dolorosa para todos los que somos padres: sus propias hijas lo demandaron. Por supuesto, la experiencia la cuenta desde su subjetividad. No pretende ser objetivo. Tampoco lo promete. Para él, sus hijas, ambas mayores de edad, bajo el ropaje de un juicio de alimentos, en realidad le reclamaban otra cosa. Aclara que las “chicas” ganan más plata que él. ¿Entonces? ¿Qué hay detrás? ¿Qué era la “otra cosa”? Un departamento. Las “chicas” querían que les entregase un departamento. A raíz de su experiencia, el ¿colega? me hace pensar muchas cosas. Intentaré ponerle orden, aunque no les prometo nada.

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Detrás de los expedientes (o de los casos, para hacernos los modernos), hay gente. Un simple proceso de alimentos de hijas que quieren extender la obligación de un padre hasta los 25 años (supuesto que la ley prevé, aclaro para los que no se encuentren familiarizados con el artículo 663 del Código Civil y Comercial de la Nación) tiene personas detrás. Pero no solo eso. Las personas traen sus conflictos, sus emociones, sus aspiraciones, sus expectativas. Aunque no lo crea, todo eso influye en el caso, el litigio y, obviamente, en el trabajo de los abogados. Me pasa todos los días. Creo que con el paso del tiempo he ido aprendiendo a distinguir entre el caso desde el punto de vista estrictamente técnico y desde lo emocional del cliente de turno. No es fácil. Sobre todo, cuando los clientes vienen muy ¿cargados? emocionalmente. Creo que ahí tal vez sea nuestra responsabilidad, hacer de Riquelme: parar la pelota, hacer la pausa, pinchar el partido, “desescalar” el conflicto. O al menos así lo siento.

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¿Pero y lo que quiere el cliente qué? ¿Acaso no trabajamos para eso? ¿Por qué debería “hacer de psicólogo” si no me pagan para eso? Las preguntas son válidas. Al fin y al cabo, tal vez alejarse del asunto emocionalmente y abrazarlo jurídicamente es posible. ¿Pero es posible hacerlo siempre? ¿Qué pasa con los casos que son a todas luces “indefendibles”? ¿Hay casos “indefendibles”? Y no hablo desde lo moral, sino desde la solidez jurídica. En el caso del Dr. Phibes, una hija vivía en el exterior, trabajaba, pagaba impuestos y tenía una beca universitaria. La otra, con las clases particulares de una materia que daba, ganaba más que él. Pienso que, si me hubieran ido a buscar como abogado, habría pensado en un primer momento “che, pero no están los supuestos del 663 para ir a pelear los alimentos”. Ahora bien, por otro lado, tal vez se habrían sincerado y me habrían dicho: “mire, la verdad es que papá, si bien gana menos, nos puede entregar un departamento y así tener por saldada la cuenta”. Ah, la revelación de los intereses detrás de los objetivos de un proceso es maravillosa. ¿Habría actuado mal si les decía “bueno, si eso es lo que quieren, nos tiremos un lance con una mediación”?

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El Dr. Phibes, demandado, tiene su punto de vista. Obviamente, critica al colega que acompañó a las hijas en su aventura judicial. Muchas veces, el detrás de escena puede llegar a ser tan importante como la escena misma. En el medio de una liquidación de bienes conflictiva con su ex, sumado que volvió a formar pareja, el Dr. Phibes entiende que sus hijas querían “la suya”, casi como si siguiesen el ejemplo de la famosa parábola bíblica del hijo pródigo. Ante la situación, con una sinceridad abrumadora, dice que, en vez de un abogado, a sus hijas le convenía contratar un sicario. Tiene razón: ante su muerte, siempre y cuando no las vinculen con ese fatal desenlace, iban a heredar el dichoso departamento.

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Sí, me parece injusta la crítica al colega. Al fin y al cabo, hace su trabajo: intenta conseguir un acuerdo beneficioso para sus clientas. Ahora, el caso expone, me parece, quizás, que las motivaciones que llevan al litigio no son las ansias de justicia ni la racionalidad. Todo lo contrario: a veces el despecho, el ansia de venganza, la inseguridad sobre uno mismo o el miedo son eficaces motores del conflicto judicial.

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El Dr. Phibes se la agarra con el feminismo 4.0 y sus excesos como un condicionante del caso de sus hijas. ¿En serio? ¿Qué tiene que ver “el clima de época” con mi caso? La columna me vuelve a recordar: todo. Los operadores judiciales sienten ese clima. Bah, ese no es el problema. Uno puede sentir muchas cosas, pero el tema es qué hace con eso. Y en la práctica, ese clima condiciona, envuelve, tergiversa y, lo peor de todo, hace que los casos que serían sólidos jurídicamente, aburridos, hasta, me atrevo a decir, de una previsibilidad exasperante en su resultado, se transformen. ¿En qué? En la incertidumbre de una aventura judicial más.

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Emociones. Conflictos. Aventuras. Climas. Épocas. Influencias. Incertidumbres. Reacciones. La lista de palabras se asemeja más a cualquier maravillosa novela de Emilio Salgari que a la práctica del litigio por los abogados.

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