Sí, estamos preparados

Leo (La Gaceta, 12/05/26) que a raíz del desenlace del caso “Lebbos”, un lector, luego de recordar que nuestra Constitución Nacional dispone que se implementen los juicios por jurados, se hace dos preguntas. Me siento tentado a responderlas. Lo hice y me publicaron la respuesta al poco tiempo (La Gaceta, 17/05/26). La comparto, con algunas pequeñas modificaciones.

¿Qué hubiera pasado en este caso si la sentencia hubiera sido dictada por un jurado? Me atrevo a contestar que nada. Como no ha pasado nada en la casi totalidad de los juicios por jurado que se han venido desarrollando a lo largo y a lo ancho del país en provincias tan distintas como Neuquén, Entre Ríos, Mendoza, Buenos Aires, Chaco, Catamarca, Salta, Santa Fe, Salta, Chubut y Córdoba. Ya sea una condena histórica como en el juzgamiento del “Clan Sena” en Chaco, como una absolución en el caso “Camping El Durazno” en Miramar, ambos casos con delitos aberrantes, solo por poner dos ejemplos, los jurados estuvieron a la altura de las circunstancias. No hubo quejas a su accionar. No hubo protestas por su desempeño. No hubo puebladas, marchas ni nada por el estilo. Los ciudadanos cumplieron su deber y volvieron a la normalidad de sus vidas.

Esto me lleva a la segunda pregunta que se hace el colega lector. ¿Realmente estamos preparados para decidir en estos casos? Nobleza obliga, antes de contestarla debo aclarar que, como abogado, no podría integrar un jurado. Y, además, como fanático de la institución, tal vez mi respuesta esté teñida de subjetividad. Hechas esas aclaraciones, mi respuesta es obvia: sí, los tucumanos están preparados para participar de un juicio por jurados y para decidir si la fiscalía probó más allá de la duda razonable su caso. ¿Qué tipo de casos? Por supuesto, los más graves: homicidios agravados, homicidios simples, abusos sexuales y demás. ¿Estoy siendo optimista? No, de ninguna manera, estoy viendo la realidad, pues hasta donde yo sé, por poner un ejemplo, no veo que los bonaerenses tengan algo que los diferencie de los tucumanos. O, si se quiere, los vecinos catamarqueños. ¿Es que estos son mejores? ¿Es que tienen súper poderes? ¿Es que el docente, el taxista, la ama de casa, el carnicero, el empleado bancario de las vecinas provincias son tan distintos a la de esta? Me niego a creer un absurdo semejante.

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Con el tiempo, espero que las dos preguntas del inquieto lector se contesten solas. Y que llegue un momento en el cual, cuando alguien cuestione sobre la preparación de los tucumanos para juzgar a sus conciudadanos, el resto gire para verlo como si fuese un marciano que recién aterriza en la Plaza Independencia.

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