La pandemia fue un tiempo en el que me reconcilié con una actividad que un amigo considera, con la literatura que existe, un desperdicio: leer libros de derecho. Acá hago un repaso, pues seguí su consejo y dejé de leer hace bastante tiempo este tipo de libros. Sale entrada a destiempo sobre el tema.

El primer año pandémico leí muchísimo. Encierro, hartazgo, tiempo de sobra, mil motivos pueden haber para que una actividad tan linda se desarrolle con tanta intensidad. En algún que otro lugar comenté un arbitrario número de lecturas e incluso me concentré en varias novelas que intenté comprender.
Sin embargo, esas palabras esconden otra rareza que tuvo el 2020 y es que, como abogado, leí muchísimo más de lo que usualmente leo sobre derecho. No sé si es bueno o es malo, pero es la realidad. En general, debo reconocer, no leo libros de derecho. El litigio exige, sí, un cierto nivel de lectura, siempre y cuando no se quieran pasar papelones. Pero la vorágine diaria nos lleva a la lectura rápida, voraz e interesada. Interesada sobre el tema puntual que esperamos aclarar para defender o atacar en el proceso. Así uno lee fallos, comentarios a fallos, artículos de doctrina e incluso consulta algún libro de la biblioteca (cada vez menos, debo decir).
Quizás con culpabilidad judeocristiana, inconscientemente me dije “voy a leer derecho, no puede ser que no lea derecho”. Y así arranqué, desordenadamente. Por eso, en estos comentarios sobre mis lecturas, intentaré ponerle algo (no todo) de orden, aunque más no sea por mi locura de ordenar todo a lo Marie Kondo.
1. La serie de los cómo
Como siempre digo, los libros tienen sus tiempos para ser leídos. Quizás un libro hoy no nos atrape, pero en unos años lo leamos con avidez. También puede pasarnos que lo leamos a destiempo, con arrepentimiento de no haberlo leído antes.
Algo de eso me pasó con “la serie de los cómo”, siete libros viejos, pero prácticos y, en un principio, destinados a jóvenes abogados, que muchas veces no han sido formados en esas cuestiones prácticas.
Cómo hacer una demanda, Cómo contestar una demanda y Cómo se hace un alegato, de Enrique M. Falcón (el último lo hace con Jorge Rojas), tienen esa estructura, con un estilo que hicieron que los leyera de un tirón. Al último creo haberlo consultado para uno de mis primeros alegatos, pero no lo tenía tan presente.
Plantear recursos y obtener la revocación de una sentencia adversa es una de las actividades más desafiantes de la profesión. Al igual que presentar un caso, argumentarlo, pues en el fondo, la argumentación es una parte central del ejercicio de la abogacía.
Cómo estudiar y cómo argumentar un caso, de Genaro Carrió, fue uno de los libros que más disfruté. Quizás porque se construyó en base a dos charlas, tan claras que dan ganas de haberlas presenciado. Si bien había leído cosas de Carrió, me hizo revalorizarlo. Obviamente, luego terminé leyendo su Cómo fundar un recurso, que, aunque nos engañe en el título, se centra en el recurso extraordinario federal, materia que Carrió conocía muy bien.
Comparados con los libros de Carrió, una obra como Cómo se hace una apelación, de Enrique M. Falcón y Jorge Rojas queda deslucida, pues es un poco más conceptual y menos práctica.
Cómo redactar un contrato, de Atilio Aníbal Alterini, es el último de esta serie que leí y, lamentablemente, no me gustó mucho. Quizás porque no redacto contratos usualmente o, porque al ser el último, lo leí en “piloto automático”.
Me permito agregar un libro más a esta serie, aunque no es un integrante puro, dado que no es argentino ni lo leí a continuación de estos, sino que lo hice al final de todos de los de este año. ¿Cuál es? Cómo se ganan los juicios, de F. Lee Bailey. Un título pomposo (al cual debo ser sincero, no sé cómo llegué) para un libro de 1995. Hace hincapié en el litigio y está dirigido a los jóvenes abogados o incluso estudiantes de derecho. Es de lectura fácil y eminentemente práctico, que trata las destrezas o habilidades que debe poseer un buen abogado litigante. El capítulo sobre las apelaciones lo recomiendo mucho.
2. La serie gordillesca
Recién recibido, tenía que limpiar el estudio y hacer una tarea repetitiva (que a esta altura del partido ya no recuerdo). Alguien normal habría puesto música. Yo puse una extensa entrevista que le hicieron a Agustín Gordillo, administrativista del cual me habían hablado muy bien. No había estudiado de sus libros en la facultad, pero me había dada curiosidad su página web, donde comparte toda su obra. Quedé maravillado y se la recomendé a un amigo, al que también le gustó. Desde entonces dije “ya voy a leer algún libro de Gordillo” y pasaron los años sin que lo hiciese, obvio, hasta la pandemia.
La administración paralela fue el primero que encaré, con el recuerdo de que mi profesor de derecho administrativo me había dicho que, si quería conocer sobre la realidad, sobre lo que se hacía realmente en las dependencias de la administración, con un enfoque crítico, leyese ese libro. No me defraudó en mis expectativas. Obvio, un poco desactualizado está, pero disfruté su lectura y extiendo la recomendación, ya que es un libro sumamente crítico de las malas prácticas de nuestra administración.
Luego seguí con Introducción al derecho, del cual había leído algún que otro capítulo en un curso que ya no recuerdo. Tampoco me defraudó, aunque no se engañen, no encontrarán exposiciones sobre la naturaleza jurídica ni nada por el estilo. Especialmente recomendados son los capítulos sobre cómo leer una sentencia y aquel en el que habla sobre los hechos del caso.
Terminé mi incursión “gordillesca” con la lectura de El método en derecho que es una especie de compendio académico-práctico sobre la enseñanza del derecho y sobre el ejercicio de la abogacía. Me abrió la cabeza, me mostró nuevas formas de ver actividades que muchas veces consideramos rutinarias y me hizo notar la importancia de la creatividad en la profesión.
3. La serie juradista
Desde que cursé Derecho Procesal I en la facultad y el profesor desplegó toda una clase sobre un puntito del programa, casi perdido, el juicio por jurados me enganchó para no dejarme nunca más. Hoy el tema está sumamente desarrollado, pero en 2007 otro era el panorama. Poco a poco fui leyendo libros sobre el tema, como Juicio por Jurados en el Proceso Penal donde escribieron, entre otros, Julio Maier, Edmundo Hendler y Alberto Bovino o como Subiendo al estrado, compilación de María Inés Bergoglio sobre la experiencia cordobesa en la materia. Incluso me leí la hermosa novela El abogado del presidente de Mariano Silvestroni.
Sin embargo, mi gran crecimiento en el tema se dio con la colección sobre el tema que sacó la Editorial Ad-Hoc, que leí con gran gusto y placer. Luego del caso “Canales” de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, El juicio por jurados y la Constitución Nacional que dirigió Andrés Harfuch, fue el libro dedicado a comentarlo y obviamente, apenas salió, lo compré, lo leí (lo devoré en realidad, es cortito) y obviamente, estuvo a la altura del resto de la colección.
Sin embargo, ese mismo año también salió, en la misma colección, El juicio por jurados en la jurisprudencia nacional e internacional, dirigido por Harfuch y Alberto M. Binder. Mucho más extenso que el anterior, es el volumen b, luego de cuatro años del a. Un trabajo impresionante, no solo por la traducción de jurisprudencia extranjera, sino por los comentarios acertados, con gran diversidad de autores. Con la expansión del jurado por todas las provincias, obras como esta serán de consulta cuasi obligatoria para los que litiguen ante jurados.
4. La serie filosófica
La lucha por el derecho, de Rudolf Von Ihering, era uno de esos libros que siempre estaban en mis interminables listas de pendientes. La pandemia me permitió leerlo. Un clásico, nunca pasa de moda, realmente aprecié su lectura.
Más acá en el tiempo, terminé leyendo Una visión realista del derecho, los jueces y los abogados, de Julio César Cueto Rúa, a quien Palabras del derecho recordó a 15 años de su muerte en su momento. Creo que a este llegué por alguna cita que hace de él Genaro Carrió al pasar. El título es atractivo y tiene capítulos hermosos, pero en algún momento me aburrió. Eso sí, son recomendables las visiones sobre lo que es ser un buen abogado litigante y el buen profesor de derecho.
Luego hice un salto más al presente y me leí casi de un tirón La ley es la ley de Andrés Rosler, presente en X/Twitter y en la blogósfera (¿todavía existe?). La presentación, si les interesa, está por acá. Llegué al libro creo que por haber leído alguna de las entrevistas que le hicieron o porque me llamó la atención la crítica que hizo al fallo “Batalla” de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, sobre la aplicación del 2×1 a los condenados por crímenes de lesa humanidad. En general, no leo filosofía y mucho menos filosofía del derecho, pero al ser un libro corto, le di una oportunidad. Rosler reitera una y otra vez que los jueces deben aplicar el derecho, las normas y básicamente que no deben tergiversar su sentido para aplicar lo que quieran, amoldándolo a sus creencias o a su moral. O al menos eso es lo que entendí yo.
5. La serie práctica
A veces hay libros a los que llegamos por nuestro ejercicio profesional. Algo de eso me pasó con El recurso ordinario de impugnación en el marco de un sistema acusatorio, de Alfredo A. Elosú Larumbe y con Los recursos en la litigación, de Carolina Ahumada. Por falta de defensores, terminé subrogando un equipo que litigaba en el nuevo sistema adversarial penal de la provincia. Si bien estoy acostumbrado a recurrir, lo hago en causas civiles y al amparo de un código totalmente distinto. Eso me llevó a leer ambos libros. El de Elosú Larumbe, basado en el sistema neuquino, del cual Tucumán tomó muchas cosas para su sistema, es la base sobre la cual se construyó el sistema de filtros de admisibilidad en las impugnaciones. Eso y el análisis normativo del régimen, hace que sea de lectura obligatoria para los litigantes tucumanos. Ahora bien, si realmente quiere mejorar el litigio, el libro de Ahumada es directamente esencial. Con un enorme trabajo detrás, la autora es didáctica y clara al exponer malas y buenas prácticas del litigio de los recursos, siempre con abundante bibliografía acompañada de una tarea de investigación profunda.
No dije que el equipo que estaba a mi cargo se encargaba de los casos de ejecución penal del sistema. Si bien leí muchos artículos y jurisprudencia al respecto, Acusatorio y ejecución penal, de Rubén A. Alderete Lobo (referente en lo que a ejecución respecta) me abrió la cabeza. Libro corto, que pone en claro dónde estamos parados y hacia dónde deberíamos ir en materia de un proceso de ejecución.
La lectura utilitaria profesional se cerró con Contra la prisión perpetua, del difunto Mario Alberto Juliano y Fernando Ávila. Si bien es un libro que ya tiene más de diez años y que no contempla el endurecimiento de la ley de ejecución gracias a la reforma de 2017, es un buen punto de partida sobre el cuestionamiento de las penas perpetuas. Un libro que no esquiva las cuestiones ásperas (como la prisión perpetua para crímenes de lesa humanidad) y que difunde el estado de las penas perpetuas en diversos países del mundo.
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