Estamos en feria y activo el modo cine, con una entrada que hace mucho quería escribir y, por una cosa u otra, no podía. ¿Es una película judicial? No sé, júzguenlo ustedes.

Ya no recuerdo cómo llegué a La mujer de la fila (2025) en Netflix. Probablemente debe ser porque vi que el director era Benjamín Ávila. Este había dirigido creo que la última película que recuerdo que vi con mi mamá en el cine, Infancia clandestina (2011), justamente, también con Natalia Oreiro (de pie, por favor) como protagonista. O tal vez porque leí alguna reseña por ahí, pues, al fin y al cabo, si bien no es una película “de juicio” en el sentido estricto del término, sí es sobre el proceso judicial, pero un poquito más alejada, sobre el costado humano, sobre el detrás, sobre todo lo que hay detrás de los expedientes. No digo nada nuevo: gente, sufrimiento, burócratas, errores, etc.
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Mientras escribo esto me entero que Benjamín Ávila también dirigió la serie Diciembre 2001. No soy un experto ni mucho menos, pero me parece que talento tiene. Ahora, vamos a la película en sí, pero le advierto que a lo largo de esta entrada habrá un montón de spoilers.
¿De qué trata La mujer de la fila? Si bien trata de un caso judicial, como dije, no es la típica película de juicio. No habrá grandes escenas de exámenes, contraexámenes ni alegatos. A lo sumo, una intervención al final, muy correcta, del abogado defensor. Pero no, eso, podría decirse, es secundario.
¿Entonces qué es lo principal? El argumento está dirigido a esa inmensa mayoría de la sociedad argentina que se autopercibe de clase media (aunque según encuestas, es cada vez menor). Y se podría sintetizar en una pregunta: ¿qué hacés cuando meten preso a tu hijo? Eso le pasa a Andrea Casamento (Natalia Oreiro), madre de dos hijos pequeños, viuda, con un trabajo formal. Al mayor lo meten preso. Toda la vida que llevaba hasta ese momento se le viene abajo. Y al mismo tiempo, se le abre un mundo al que no querría jamás ir: la cárcel, los tribunales, las esperas, el servicio penitenciario, las visitas, etc.
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Ya sé, parece deprimente la película. Tal vez lo sea en su gran totalidad para muchos. Pero lo que rescato es que muestra cuestiones tremendas que para los que estamos acostumbrados al amiente tribunalicio quizás las naturalizamos. La detención de Gustavo, el hijo de la protagonista, muestra la violencia de un allanamiento en forma descarnada. Tal vez los que firman todos los días allanamientos deberían tener en cuenta.
Pero no todo es depresión. La película también golpea fuerte pues muestra cómo Andrea Casamento tiene que salir de su zona de confort y cómo debe lidiar con un problema que nadie querría tener: un hijo preso. En primer lugar, acude a la mentira por la vergüenza. Así, miente en el trabajo, le miente a su mamá y también les miente a sus amigas. En segundo lugar, choca como un tren bala contra una pared cuando se encuentra con las reglas, costumbres y abusos del servicio penitenciario. Sin embargo, cuando creemos que todo está perdido, aparecen la solidaridad y el amor. La primera, en cabeza de otras mujeres como ella, que también van a visitar a sus hijos, hermanos, padres o esposos. La segunda, en el personaje de Alejo, un preso que protegerá a su hijo. Hasta en los lugares más espantosos, hay esperanza parece.
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Dije que no es una película de juicio, pero sí es judicial en el sentido más clásico de la palabra: a Gustavo lo metieron preso por error. Y el abogado que consigue Andrea hará todo lo posible por sacarlo. De más está que ella también: la escena en la que va a buscar al jefe de la banda que integra Gustavo es tremenda. Bien filmada, a punto tal que, si me dice que no siente el terror, apostaría a que me está mintiendo.
Me disculpo. Escribo esto de corrido, desordenadamente, según cómo me vienen los recuerdos. Me olvidé de decirle: esta película está basada en hechos reales. Andrea Casamento existe. Su hijo existe. Lo metieron preso por error. Injustamente. Y ella tuvo que pasar todo esto de forma real. Todo el vía crucis judicial hasta su liberación. En el medio encontró a su amor. Y a otras mujeres que formaron la Asociación Civil de Familiares de Detenidos.
Por supuesto, el cine se da sus licencias. En la película, el hijo de Andrea sí participa del delito, pero termina zafando, con dos años de prisión en suspenso. En la realidad, nunca lo condenaron.
Nuevamente me disculpo, porque seguro le arruiné la experiencia de ver la película. Yo me llevé dos sorpresas. La primera fue esta, descubrir que está basada en hechos reales. La segunda, fue a lo Clint Eastwood en 15:17 Tren a París (2018): muchas actrices que hacen de mujeres con familiares detenidos son, realmente, mujeres con familiares detenidos. Touché.
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Creo que me fui del derecho en esta entrada. O no. No sé. Pero lo que sí sé es que le recomiendo la película. Ejerza o no en el área penal, entiendo que ayuda a recordar que los abogados trabajamos con conflictos, con gente, con seres humanos. No todos son expedientes, papeles y lenguaje formal. Hay más allá afuera. Recordarlo, sea en feria o no, siempre viene bien.