Tres breves

Como si fuese un supermercado, hago un 3×1 en esta entrada, sobre cosas que leí al pasar. Pero como la oferta, son tres breves. Espero volver a escribir más largo o, por así decir, ¿en profundidad?

No sé por qué, pero la justicia federal siempre me pareció particularmente lejana, old style, anclada en el siglo XIX y profundamente ineficiente. Por supuesto, debe ser producto de mi prejuicio, pues no llegué a litigar en ese fuero. Las cuestiones con las que lidio son bien de derecho común.

En fin, tal vez producto de ese prejuicio, no sigo el día a día de las idas y venidas que la atañen. Es más, nunca se me pasó por la cabeza concursar para integrarla. Solo pensar en la cantidad de años que duran los concursos (si quiere un ejemplo, lea a Julián Axat al respecto) me aburre. Seguramente también es producto de mi intolerancia con la demora y la eternización de los procesos, sean judiciales, administrativos o comerciales.

Bueno, mucha cháchara para decir que gracias a INECIP me enteré del pomposo proyecto de “Código de Ética Judicial” que el Consejo de la Magistratura está tratando en una de sus comisiones (otra creación con la que no me llevo muy bien, tal vez porque me inclino a adherir a eso de “si quieres que algo no se haga, crea una comisión”).

Algo sobre la ética judicial escribí alguna vez, pero esa no es la cuestión, sino la, a mi modo de ver, maravillosa respuesta del INECIP que en propuso su propio Código de Ética Judicial. Cortito y al pie, en cinco artículos exigibles:

1. Los jueces no tendrán padrinos ni harán lobby para sus nombramientos o los de sus secretarios.

2. Los concursos no podrán alterarse para beneficiar candidatos amigos.

3. Ningún juez podrá negociar cargos, ascensos o traslados a cambio de decisiones jurisdiccionales.

4. Las reuniones privadas (incluidos viajes) con litigantes, operadores, personas investigadas o servicios de inteligencia serán causal grave de remoción.

5. Los jueces deberán trabajar al menos ocho horas diarias, todos los días hábiles del año, y asistir presencialmente a las salas de audiencias.

Como decía el juez Carlos Santiago Fayt, “los hechos son sagrados, pero el comentario es libre”. Dejo al lector que saque sus propias conclusiones.

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Escribo esto cuando se cumplen veinte años de la sanción de la Constitución de Tucumán, que se sancionó el 06/06/06 (sí, una fecha no apta para supersticiosos). No hubo acto alguno para conmemorarla. Se entiende. Muchas cosas cambiaron en veinte años. Para muestra, basta un botón: el gobernador de entonces hoy está preso.

En tiempos recientes se intentó promover su reforma, pues el texto constitucional tiene un montón de declaraciones de nulidad e inconstitucionalidad que hacen que hoy leerlo deba ser acompañado con numerosos fallos judiciales al lado. Se hicieron debates al respecto, se tiraron temas, pero la cuestión terminó en la nada.

¿Qué reformar a veinte años de la reforma? Alguna vez hice un resumen sobre lo mínimo que debería hacerse, como para emprolijar el texto y acomodarlo a los fallos. Esa entrada tiene indudable vigencia, al igual que las siguieron en los domingos de reforma constitucional.

Recién me doy cuenta, la compilación que hice de todas las entradas va a cumplir dos años. En fin, espero que al menos sirva a los curiosos sobre la cantidad de temas que pueden tocarse en una reforma.

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Desde que el hombre es hombre tiendo a pensar que siempre que accedió al poder, se quiso quedar. Por supuesto, hay excepciones a lo largo de la historia. Por ejemplo, hace poco me enteré de que la ciudad de Cincinnati eligió ese nombre inspirada en Lucio Quincio Cincinato, un político romano al cual dos veces lo llamaron para ser dictador (con el sentido de la dictadura en la república romana, no con el de la actualidad, por supuesto). El tipo fue, cumplió su deber y volvió a lo suyo: trabajar en su finca. Bueno, el otro ejemplo que se me viene a la mente es el de George Washington, que tranquilamente podría haber sido electo presidente por tercera vez consecutiva. Sin embargo, se fue a su casa y así todos los presidentes hasta Frank Roosevelt cumplieron la regla que impuso por tradición. Luego de este, la pusieron en la Constitución.

En fin, me fui por las ramas, cuando leí esta nota de Fernando Vallone en la que recuerda al juez Giovanni Falcone (vean la película Falcone con Chazz Palminteri, buenísima) en el medio de una comparación con el juez Hércules de Ronald Dworkin, no pude no sonreír al leer una frase del juez. Se las comparto, aunque creo que muchos no le darán bolilla:

“Los hombres pasan. Las ideas quedan; quedan sus tensiones morales, que seguirán caminando sobre las piernas de otros hombres”.

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