El despacho es lo de menos

Recupero este viejo texto escrito hace casi tres años. Su vigencia es plena, con algunas pequeñas modificaciones de estilo y actualizaciones.

Advierto al lector que podría reemplazar en el título “despacho” por “ego” y tendría una idea más aproximada de lo que sigue. Si vive en Argentina, la frase podría parecerle paradojal. Si es de otro país, podría sonreír y decir “sí, claro, pero no para los argentinos”. Es que nuestros vecinos generan chistes sobre nuestro ego a mansalva. “¿Sabe cómo se suicida un argentino? Se sube a su ego y se arroja al vacío”. “¿Cuál es el mejor negocio del mundo? Comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice que vale”. Esos dos son un clásico y el primero hasta lo repitió el Papa Francisco. Puede chocarnos un poco esta visión que tienen los demás de nosotros, pero bueno, no es este el lugar ni el momento para intentar una refutación sobre una apreciación sociológica como la que expresan los chistes.

***

Tal vez por crianza, por experiencia o por azar, siempre me cayeron mal las personas que “se la creen”, los “creídos” o “ególatras”. Todavía puedo escuchar a mi mamá diciéndome “no te la creas” cuando era chiquito. O a mi profesor de Religión instándonos a ser humildes. Y ni pensar en la cantidad de personas que me chocaron con su autobombo de “soy el mejor en esto, en esto y en aquello”. Insólitamente causan en mí una aversión tal que no se justifica solo en el refrán “dime de lo que te alabas y te diré de qué careces”. Sí, se quedan cortos, porque automáticamente siembran en mí la desconfianza, rayana en la creencia de que mi interlocutor es un “vende humo” al estilo del magnífico Ricardo Caruso Lombardi. Probablemente sea extremadamente prejuicioso, no sé.

Cuando era más jovencito, me reía del tema diciendo “no, querido, yo no soy creído, solo tengo una autoestima muy alta”. Ahora que lo recuerdo me río solo, pero en serio: ¿cuál es el límite? ¿Cuándo tenemos una autoestima sana y cuándo el ego se descontrola? Durante mucho tiempo no lo tuve en claro. Al día de hoy se me confunden las líneas entre ambos conceptos.

***

Uno puede ser de tal o cual manera sin saber la teoría que hay detrás. Es pura práctica, inercia, costumbre, rutina hecha carne, carácter, persona o qué sé yo. Eso sí, cuando se le cruza en su camino alguna teoría, conocimiento, técnica, frase o libro al respecto, el sesgo de la confirmación hace el resto: la abraza como un náufrago en el océano y se anima a pelearle a cualquier, ya no naufragio, sino maremoto. Así de curioso es el ser humano. Por eso me pareció una maravilla encontrar el libro El ego es el enemigo de Ryan Holiday. Gran título: corto e impactante. El ego no es solo un tema o un problema, no, Holiday directamente lo pone del otro lado: es nuestro enemigo. Ya ni recuerdo cómo llegué a leerlo, probablemente porque algún algoritmo me lo recomendó con la creencia de que abracé la filosofía estoica que volvió a ponerse de moda solo por el hecho de haber terminado de leer un clásico que me recomendaron, como lo es Meditaciones de Marco Aurelio (para los que no aman la historia y sí el cine, el autor es el emperador viejito de Gladiador, la película con Russell Crowe y Joaquin Phoenix).

El libro de Holiday me encantó. Es más, creo que muchos de aquellos que asumimos puestos de responsabilidades en nuestros trabajos deberíamos leerlo y, al menos, intentar ponerlo en práctica. Ni hablar de los líderes políticos, empresariales o simplemente de aquellos que quieren “que las cosas cambien”.

¿Mucho bla bla bla? Sale un grupo de cinco anécdotas personales que me ayudaron a lidiar con las incomodidades del ego en lo que hace a la competencia, el status, la ubicación, el crédito y los procedimientos. Quién sabe, tal vez, si vence el sesgo de la confirmación, aprenda algo. Recuerde las sabias palabras de Eleanor Roosevelt, sobre aprender de la experiencia… ajena: “Aprende de los errores ajenos. No vivirás los suficiente como para cometerlos todos”.

1. Competencia

La batalla con el ego es a diestra y siniestra. Y muchas veces necesitamos que observadores cercanos nos muevan y nos hagan ver nuestra pequeñez, soberbia o lo que sea. No hay que dejarles de agradecer por eso. Por ejemplo, mi hermano mayor. Cuando estábamos en la facultad, con un compañero empezamos a adelantar materias en primer año de derecho. Con gran entusiasmo le conté de nuestros planes a mi hermano, que me veía estudiar en casa. No recuerdo qué es lo que dije específicamente sobre el resto de mis compañeros, pero creo que no me referí en buenos términos. Hasta el día de hoy sí recuerdo la reacción de mi hermano. “¿Qué les pasa? ¿Quiénes se creen que son? ¿A quién le ganaron?”. La anécdota me sirve muchísimo en momentos en los que incurro, como un tonto, en comportamientos similares. Y hoy, quizás después de muchos años, a veces (solo a veces) soy yo el que termina preguntando, por otro: ¿a quién le ganaste? Porque, en el hipotético caso de que efectivamente le ganaras a alguien, eso no te autoriza a maltratar, subestimar, humillar o faltar el respeto a nadie.

2. Status

Un mundo en donde la competencia, el afán por ascender y alcanzar nuevos símbolos del status logrado es el entorno soñado para el ego. Sin ir más lejos, recuerdo que luego de lograr un ascenso en mi carrera, luego de que me llamaran, pasé por el banco para hacer los trámites para ser “cliente preferencial”. ¡Mamita! Me deprimí mal porque al entrar al despacho de la empleada que me atendía, lo encontré más grande y más lindo que el mío. Cada vez que recuerdo la anécdota me avergüenzo de haber pensado: “Pero ¿cómo esta empleada de baja categoría tiene un despacho más grande y lindo que el mío, que soy súper importante y de más rango?”. Como diría mi madre, “estaba subido al caballo” (aunque, en retrospectiva, con suerte, era un modesto pony). Con el tiempo me di cuenta de que el despacho es lo de menos y que quienes hacemos la diferencia somos las personas con nuestro trabajo, aunque lo hagamos desde un cuarto de 2×2. Para eso, todavía recuerdo que fue necesaria una charla con un colega quien, señalando su mente y su lapicera, me dijo: “Esto es todo lo que yo necesito para mi trabajo”. Ciertamente, en un trabajo intelectual, no podría haber tenido más razón.

3. Ubicación

Tiempo después, por mi trabajo tenía que ir al interior de la provincia. Cuando llegué a “mi despacho” me senté a esperar a mis clientes. El entorno no ayudaba mucho, porque el lugar era, ciertamente, feo. Mi ego entró en crisis: “¿Qué hago yo acá? ¿Este es mi trabajo? ¿Tan lejos? ¿En este lugar tan feo? No puede ser, yo estoy para otra cosa, no para esto”. Me costó, pero aprendí que sí, que ese era mi trabajo, en ese lugar y que, para muchas personas, era muy importante. El despacho, o su ubicación, nuevamente, era lo de menos. Y yo no era todo lo importante que se me había pasado por la cabeza para dejar de cumplir con ese trabajo en ese lugar. Justamente era lo contrario: era tan importante para estar ahí.

4. Crédito

En algún momento le consulté a mi papá cómo lidiar con un jefe difícil. Mi papá, que había trabajado muchísimo tiempo en lo que para él era una empresa pública de excelencia, me dio un enorme consejo, que luego reforcé al leerlo en El ego es el enemigo de Holiday. ¿Usted qué quiere? ¿Quiere que cambien las cosas, que se lleve adelante su idea, que se concrete ese proyecto suyo en el que puso tanto esfuerzo? ¿O quiere el crédito, el reconocimiento, las palmas y demás por ser el factótum? Piénselo. ¿Qué cual era el consejo de mi papá? Pues poner el ego a un costado y convencer al jefe de que era su idea, su proyecto, de tal forma de hacer que la cosa avance, a costa de que él se lleve todo el crédito y el reconocimiento. ¿Difícil? Quizás sea más difícil que todo siga igual. Piénselo de vuelta.

5. Procedimientos

En la panadería de la vuelta de mi casa, cuando era chiquito siempre me quedaba viendo, embobado, un afiche de un perrito que tenía la frase “Hay dos maneras de hacer las cosas: la mía y la equivocada”. Solo con el tiempo aprendí a reírme del chiste. Sin embargo, a veces es necesario que otros nos hagan ver que nuestra manera de hacer las cosas no importa, sino que a veces hay que seguir los procedimientos (que pueden parecernos absurdos, ciertamente) porque dar una batalla sobre su conveniencia no es nuestra principal misión. Por ejemplo, hace un tiempo tenía que cerrar un caso para beneficio de mis clientes. Sin embargo, desde la organización me exigían una serie de pasos que personalmente consideraba absurdos, burocráticos y sinsentido. Mi interlocutora fue la que me trajo de vuelta a la realidad: “No importa. Vos querés que esta gente cobre, ¿no? Bueno, entonces vení y hagamos el trámite. Eso es lo importante”. Otra vez, fui salvado de las garras del ego por la campana (mis clientes deberían agradecerle a esa interlocutora). Ojo, es menester advertir que tampoco hay que caer en la errónea frase atribuida a Maquiavelo sobre “el fin justifica los medios”.

¿Algún comentario?