Esta entrada es solo un eco de este artículo de Julián Axat sobre un libro de un alemán en inglés que trata sobre la justicia penal argentina. Por lo pronto, dan ganas de leerlo.

Un alemán en mesa de entradas titula su artículo Axat (El Cohete a la Luna, 15/03/26) y no puedo no leerlo. El título nomás te engancha. Me hace acordar a Un yanqui en la corte del Rey Arturo de Mark Twain. En fin, el libro es The Fear of Erring que sería El temor a equivocarse.
Axat no solo comenta el libro, sino que entrevista a su autor, Ingo Rohrer. ¿De qué trata? ¿Es sobre alguna aburrida teoría jurídica alejada de la realidad? No, irónicamente es todo lo contrario: es un estudio de la realidad judicial misma. ¿Cómo? Un estudio antropológico. ¿Qué es eso? Pues, básicamente Rohrer se metió en el medio del sistema judicial y pasó de ser mirado con desconfianza a ser “uno más”. Como dice Axat, se ganó la confianza de la justicia mientras hacía una investigación sobre la desconfianza judicial, insólito.
¿Sobre qué justicia hace su estudio Rohrer? Sobre la justicia penal. ¿Qué conclusión saca que nos haga dar ganas de leer su libro? Pues que los jueces penales se mueven más por el temor a equivocarse y sufrir las consecuencias por ello que por buscar la verdad (sí, un concepto medio inquisitivo, pero bueno, la Inquisición todavía goza de buena salud en los sistemas judiciales argentinos).
No puedo no citar varias partes del artículo, porque son geniales. En primer lugar, el temor como principal insumo del trabajo, del cómo conducirse, de cómo decidir:
“La tesis de Rohrer es simple y perturbadora: el tipo de justicia penal observada no se mueve principalmente por la búsqueda de la verdad, sino por el temor a equivocarse, por el miedo a cometer errores y que eso exponga demasiado al magistrado. El expediente, la firma, el dictamen, la foja agregada o la prueba diferida no son sólo actos técnicos. Son mecanismos de autoprotección. Cada decisión judicial parece llevar inscrita una pregunta muda: ¿y si me equivoco? Equivocarse en una decisión puede traer aparejada una sanción, exposición pública o carrera truncada. En ese clima, el temor se convierte en una técnica de gobierno invisible de cada acción judicial”.
¿Eso tiene efectos? Por supuesto, según Rohrer, se crea la cultura judicial opacaba, dubitativa, banal y desconfiada. Nadie cree en nadie. Reina la desconfianza. ¿Y qué es lo importante? Pues parecer y actuar “como si”.
“La construcción histórica de un tipo de cultura judicial que quedó atravesada por grados de desconfianza interna y miedo hacia lo que ocurre en el afuera. Su reacción: ser opaca, dubitativa, banal y desconfiada. Nadie termina de creer del todo en los demás: el juez desconfía del fiscal, el fiscal duda del defensor, el testigo duda del expediente, y así la sociedad desconfía de los jueces y estos de la sociedad.
Rohrer describe un universo de quiebre de confianza general, donde esa escasez abre paso a la ignorancia administrada. Si no hay una base de acuerdo en el que todos creen en todos, o tienen buena expectativa del otro, aquello que se juega en cada expediente es una medición calculada, y no una profundización sobre los hechos en sí que transitan por sus manos. De ahí también que la verdad de lo que esté en juego no sea tan importante para los jueces. Lo importante es parecer y actuar “como sí””.
En ese contexto, por supuesto que una prisión preventiva sale con fritas en el medio del populismo punitivista.
“En términos de la justicia penal, dictar una privación de libertad es mucho más fácil que excarcelar. Frente a una sociedad que desconfía de la “puerta giratoria”, y de gobiernos que asumen posturas de populismo punitivo, los jueces que asumen en serio las garantías constitucionales tienden a ser señalados y acusados como garantistas. En los hechos, el temor a errar se convierte en un cálculo, el mantenimiento del encierro “por si acaso” es la posibilidad más rutinaria”.
¿Eso tiene que ver con cómo es la justicia en el sentido técnico? Y sí, según Rohrer eso nos lleva a jueces a los que no les importan los casos que tienen, que los administran sin compromiso y sin imaginación.
“El libro intenta dar respuesta de por qué hay tantos jueces en nuestro país que no se interesan –a fondo– en lo que tratan a diario en los casos. Y eso es de algún modo funcional a que no se jueguen en sus decisiones, que asuman tendencias más conservadores, reproductoras de lo dado. De allí que la capacidad de imaginación sea escasa o limitada. Se trata de un cálculo, una medición bajo temor. Se usan citas de fallos y se administran clichés en las sentencias, sin demasiada capacidad argumentativa. Los fundamentos de los actos son más bien pobres intelectualmente.
De allí surge el tercer elemento que estructura la justicia: la imaginación. El sistema produce narraciones plausibles, demasiado planas, burocráticas del tratamiento de los casos en función de la poca confianza en las relaciones judiciales y la ignorancia de los hechos. Los expedientes son entonces historias demasiado ordenadas, pero con poca riqueza, ceñidas a los formulismos banales de los jueces. Así, la justicia aparece menos como una máquina de verdad que como una fábrica de relatos institucionales meramente aceptables”.
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La verdad es que el artículo, que también cuenta con una entrevista al autor, convence que hay que esperar la traducción del libro. Tal vez sirva para entender el temor reverencial judicial: el miedo a actuar que muchas veces tienen los jueces. Al fin y al cabo, como siempre digo, los jueces son seres humanos. Y que tengan miedo, una de las emociones básicas de todos nosotros, no debería sorprendernos.