La entrada reflexiona (¿hace catarsis?) sobre algo que, personalmente, detesto con sincera y profunda aversión: el “criterio” que impera, silenciosamente a veces y ruidosamente otras, en los tribunales.

Si uno busca la definición de la palabra “criterio” en el diccionario, encontrará que la primera es “Norma para conocer la verdad” y la segunda, “Juicio o discernimiento”. Sin embargo, los litigantes sabemos que en tribunales la pequeña palabrita tiene vida propia y tiene, en la práctica cotidiana, consecuencias nefastas que se sufren por todos (salvo los que le dan vida).
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Estimo que muchas veces, cuando el litigante principante acude a sus señorías con un planteo que ha estudiado de acuerdo a las normas, jamás se le cruzó por la cabeza que iba a encontrar un “no” camuflado de “es criterio del juzgado…” seguido de la frase que se le cruce para completar seguramente un absurdo o, peor, una desobediencia desfachatada a la norma. Por eso a veces digo que “el criterio” es, salvo prueba en contrario, una excusa que tienen los jueces para no cumplir la ley. O al menos, así me manejo cuando me salen con la vieja frase “es criterio del juzgado”.
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Quizás sea muy old style, pero ¿es que acaso los jueces no están para aplicar la ley? ¿Acaso no deberían ser los primeros en aplicar las normas? Capaz que estoy contaminado por la lectura del libro de Andrés Rosler, La ley es la ley, pero no es alocado pensar que los jueces justamente están para eso y no otra cosa.
Los jueces no están para hacer un tratado de doctrina en una sentencia, sino para resolver el caso entre Juan y Pedro, decirle a uno qué perdió, a otro que ganó y, si tenemos suerte, que ambos más o menos le entiendan algo. Sí, bastante old style sueno en el medio de jueces con alma de legisladores, amantes de la ponderación y no sé qué más. Jueces que olvidan que aunque parezca una locura, el positivimo alguna vez permitió a Julieta Lanteri votar en 1911. Tal vez en la actualidad lo más revolucionario para un juez sea aplicar la ley, por más antipático que parezca.
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Es curioso, pero en una disciplina como el derecho, en donde, a simple vista la creatividad parecería tener poco espacio, los jueces que defienden la política del criterio, han encontrado una veta para ampliarla hasta límites insospechados.
Así, con un desparpajo sin igual, puedo recordar viejas épocas donde empleados, funcionarios o jueces me explicaban, sin rodeos, cuestiones insólitas.
“Sí, doctor, la apertura a prueba en los amparos es por tres días, pero en ese tiempo no se puede producir nada, por eso lo abrí a prueba por diez días”. Ante mi insistencia por la aplicación del artículo del código correspondiente, la respuesta fue la esperada: “ese es mi criterio, doctor, no importa el código”.
Otra vez le consulté a una colega por qué motivo insistía en no regular honorarios a la defensa pública, a pesar de que era una cuestión resuelta en sentido contrario por las normas y los tribunales superiores. Debo confesar que no me dijo literalmente que era por criterio suyo, sino que ensayó una respuesta que se basó en la justicia de la solución para los casos de condenados pobres. En su concepción personal y subjetiva de justicia, por supuesto. Sí, en su criterio al fin y al cabo.
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Sí, no me diga, esto del “criterio” se encuentra íntimamente vinculado, por no decir mimetizado, al punto tal de no poder distinguirlo, de las leyes que rigen la innovación en tribunales: las famosas “aquí siempre se hizo así” y “aquí nunca se hizo así”.
Es más, en alguna que otra charla con un colega recordábamos, una historia que ponía de manifiesto la perpetuación de los criterios a lo largo del tiempo, que llevan incluso a que todos no tengan ni la más remota idea de por qué se hace lo que se hace. Es decir, cuál es el motivo, la razón de ser o el fin del famoso “criterio” que impera incluso a contramano de normas y jurisprudencia.
En efecto, en el famoso experimento de los monos y la banana, esto puede verse en forma clara cuando todo termina con un montón de monos castigando al que quiere subir la escalera para agarrar la banana, sin saber bien por qué.
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¿Cuántos “criterios” se realizan de espaldas a las normas? Quiero creer que muchos. ¿Cuántos “criterios” perduran en el tiempo a pesar de que cambiaron las normas, la jurisprudencia o la tecnología? Quiero creer que demasiados. ¿Es posible sacarse de encima los criterios que vienen del “siempre se hizo así”? Quiero creer que sí. ¿Ustedes?
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