Pizzas, pero no para todos

Las reuniones matan a la gente en las empresas. ¿Las audiencias tribunalicias matan a los litigantes? ¿Qué tienen que ver las pizzas? Intente descubrirlo en la entrada.

Hace un buen tiempo descubrí un podcast de Lucía Franzé y Santiago Roza que se titulaba, para beneplácito de quienes aborrecen el altruismo, Nunca Ayudes a Nadie. A pesar de su ¿antipático? título, el podcast es un compendio rápido y con buen humor sobre cómo ser más productivos. Hoy quiero hacer hincapié en el capítulo que le dedica a las reuniones, que, de acuerdo a los que saben, es un mal que agota a la gente en las empresas, tanto por su exceso como por su nuevo formato desde la pandemia: las videollamadas. ¿Che y qué onda? ¿Qué tiene que ver eso con tribunales? Paso a paso, como dijo un famoso entrenador (hasta que luego tiró todo al demonio y prometió campeonato).

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Aunque no lo parezca, tribunales también es un lugar de reuniones. Solo que le decimos, pomposamente quizás, “audiencias”. Hubo un tiempo lejano en el cual tener una audiencia/reunión implicaba una serie de cosas que hoy, en donde reina la virtualidad, nos parecen absurdas: coordinar con el cliente el horario, rogar puntualidad, calcular tiempo en el cual se recorría hasta llegar al tribunal, rogar que sus señorías (no, miento, los funcionarios, empleados o los pinches) se dignen a atendernos con más o menos una espera digna que no atentase contra la normativa de defensa del consumidor, charla sobre chácharas con el cliente que matice la espera, charla con la otra parte o el abogado a ver qué onda durante la espera, arreglo más o menos decente atento a la pérdida de tiempo de espera, cambios de humor nuestro, del cliente, de la otra parte y demás involucrados por la espera, espera adentro ya frente al empleado más lento que uno pudiese imaginar para redactar la sacrosanta acta, impresión (si es que había papel y tinta) del dichoso documento, corrección de los errores obvios y omisión de los errores cruciales, firma a las apuradas y, si había papel y buena voluntad del empleado mal gestado, una copia de lo que acabábamos de firmar.

Más o menos la cosa podía verse complicada con alternativas como audiencias de mediación, testimoniales o confesionales, dependiendo muchas veces de las ganas de pleitear o molestar que tuviesen los colegas.

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Esas viejas épocas se fueron para no volver jamás. No me culpo que me sentía extrañado cuando Alberto Binder nos hablaba bondades de la audiencia y nos compartía su libro Elogio de la audiencia oral y otros ensayos. En mi limitada experiencia, una audiencia (a secas, pues, ¿es que acaso existen audiencias que no sean orales?) era una sesión de tortura china, algo que había que evitar, en la cual debíamos gastar la menor cantidad posible de tiempo, una molestia, etc.

Sin embargo, con la digitalización y la virtualidad, sumado a la moda de la oralidad y los cambios procesales, algo cambió. De alguna manera, la vieja experiencia sobre las audiencias se modificó: mucho tiempo de espera se fue, las actas desaparecieron, las videograbaciones se hicieron las estrellas e incluso, hasta sus señorías decidieron aparecer de vez en cuando.

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Sin embargo, pese al cambio copernicano que se operó, todavía puedo identificar cómo las audiencias a veces se transforman en esas reuniones que agotan a las empresas y les chupan la energía a sus trabajadores. ¿O acaso no le molesta cuando alguien se larga a hablar aprovechando que el aire es gratis un montón de tiempo para decir tonteras? ¿O no es un espanto tener a jueces que no tienen idea de lo que se trata la audiencia? Alguna vez, como lo comenté por acá, eso me quedó muy en evidencia cuando el juez que presidía la audiencia literalmente confesó no haber leído el recurso que tenía que resolver. Por supuesto, se hace camino al andar y las prácticas de litigación en audiencias se fueron mejorando. Sin ir más lejos, no es, desde ningún punto de vista, lo mismo una audiencia ante la Corte Suprema de Justicia de Tucumán cuando el Nuevo Código Procesal Penal daba sus primeros pasos que en estos días, cuando ya lleva un par de años implementado. Las audiencias antes eran eternas. Hoy pueden llegar a durar cinco minutos. ¿Por qué? Porque se evitan formalidades, repeticiones, largos discursos y se va al hueso.

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Las audiencias tienden a imitar lo peor de las reuniones improductivas. Más allá de su extensión, a veces la falta de dirección por parte de los jueces o, lo que es peor, su mala dirección, es exasperante. Sin embargo, todas estas cuestiones son lógicas: tenemos a personas formadas en el expediente papel a cargo de gestionar objeciones y recursos verbales. ¿Es que pretendemos que quienes tienen relatores y son amos de la delegación resuelvan en tiempo real más o menos fundadamente? Complicado manejar esas expectativas.

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“Claro, te encanta pegarle a los jueces vos” me podrían decir. No voy a negar lo innegable, pero tampoco seré complaciente con los litigantes. Mucho del desperdicio de tiempo en el que se transforman las audiencias tiene que ver con los abogados. Cuando ofrecemos toneladas de prueba irrelevante, inconducente, superabundante o porque “aquí siempre se hizo así”, sumamos material para que el juez o la otra parte se encargue en la audiencia. Cada vez que no llegamos a una audiencia con un mínimo de comunicación para sondear una posibilidad de acuerdo, significa más tiempo perdido. Es más, no me asusta afirmar que existen casos que no deberían llegar a audiencia de juicio y menos a ejecutarse, sino que con un buen trabajo profesional, el cliente habría entendido que correspondía cerrarlo y no terminar en el absurdo de un secuestro de una camioneta Amarok por el monto de un perro caniche.

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¿Che y qué tienen que ver las pizzas? Aunque no lo crea, mucho. Jeff Bezos, el dueño de Amazon, el hombre más rico del mundo, aplica a sus reuniones la regla de las dos pizzas. ¿En qué consiste? Pues que si con dos pizzas no alcanza para que todas las personas de la reunión coman y queden satisfechas, en esa reunión/audiencia, hay gente que sobra. Es medio extrema la cosa, pero si uno se pone a hacer memoria sobre tantas audiencias multitudinarias, con la mano en el corazón, se dará cuenta que muchas de esas se podían hacer con menos gente. Ni hablar de que hay toneladas de reuniones/audiencias que podrían haber sido un mail. Mientras tanto, las pizzas no alcanzan (ni deben alcanzar) para todos.

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