Jorge Bustamante escribió un maravilloso texto en Seúl, titulado “Lo que aprendí”. En él comparte ocho lecciones de vida. Lo uso de inspiración para este texto, en el que me parece que soy un poco más cauto: todavía quiero aprender varias de esas lecciones.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Probablemente sea así. Cuando vi esta en Pinterest no pude no reírme y, al mismo tiempo, pensar el título de esta entrada. Sí, estoy repetitivo, porque ya dije que me encantaría que los jueces dejaran hacer su trabajo a sus colegas abogados.
1. Coincidencia entre el trabajo y la vocación
Tiendo a pensar que esta lección la estoy aprendiendo bastante bien. Me gusta hacer lo que hago para ganarme el pan todos los días. Lejos estoy de sufrir mi trabajo o de parecerme pesado. Estoy consciente de ser un privilegiado: el Estado me paga (bastante bien, debo confesar) para defender los derechos de las personas que no pueden pagar un abogado. Con toda mi formación a cuestas, con la tranquilidad de, en teoría, un trabajo para toda la vida (sí, de esos que ya casi no existen), tengo una libertad maravillosa para desplegar todo lo necesario en favor de mis clientes. A veces pienso que, si alguien me pregunta por “a qué me dedico”, más allá del habitual chiste que siempre hago al definirme como “empleado público” (que en realidad no es tan chiste, pues es verdad), tal vez pueda responder como lo hacía el pícaro de mi papá: “a hacer el bien”.
2. Priorizar el largo plazo sobre el corto plazo
Esta es una lección que cuesta muchísimo y la intento cada día. Es una constante luchar contra la comodidad de lidiar con el corto plazo y sentirte importante. Intento no quedar atrapado por las pequeñeces diarias, pero no siempre lo logro. El largo plazo permite que pensemos en grande y que hagamos todo para lograrlo. El corto plazo distrae. Por otra parte, el largo plazo nos da frutos fundamentales. El corto plazo solo satisfacciones inmediatas y pasajeras. No cuesta tanto entenderlo, pero sí practicarlo. En eso ando, como cualquier abogado, esclavo de los tiránicos plazos procesales.
3. La plata importa, pero que no angustie
Obvio que la plata importa. Es una locura que yo que no tengo problemas para llegar a fin de mes, diga “que no angustie”. Creo que he ido aprendiendo esta lección, tal vez un poco por esa posición en la que estoy. Sin embargo, debo decir que en donde he podido aplicar la lección anterior ha sido en este campo, el de las finanzas. La gestión de ahorros e inversiones es el campo donde el largo, larguísimo plazo ha sido siempre el norte. He escapado, la mayor parte de las veces, de las especulaciones cortoplacistas tentadoras. Y debo admitir que es súper recomendable para todos.
4. La reputación importa si tu actividad se basa en la confianza
Esto es fundamental para cualquier profesional. Personalmente no lo sufro tanto porque mis clientes lo son, en un principio, no por confianza, sino por necesidad dada su pobreza: no pueden pagar un abogado y “caen” en mi asesoramiento. Sin embargo, debo decir que luego, con el tiempo, me doy cuenta de que muchos clientes lo son por recomendación de otros, que probaron el servicio. Y también debo reconocer que al no tener que discutir el tema de honorarios con ellos, puedo generar un clima de confianza en la relación que no está sospechado de “interesado”. Sí, creo que esta lección la voy aprendiendo bien.
5. Dime con quién andas
Lamentablemente esto no aplica de la manera que lo explica Bustamante. A diferencia de él, en mi actividad no puedo elegir a mis clientes. Ellos me eligen y en general, no puedo rechazarlos salvo casos muy puntuales. Sin embargo, entiendo que la lección tiene su aplicación de una manera distinta. Cualquier persona que vea la variedad de clientes con los que ando, tanto de un lado como de otro, con posiciones tan encontradas y diversas, sabrá valorar mi actividad. Al fin y al cabo, me pagan para defender a todos aquellos que no pueden pagar a alguien para que los defienda. Y lo hago, sin importar quiénes sean o qué hayan hecho o dejado de hacer ni, por supuesto, importarme andar con ellos.
6. La ingenuidad antes que la viveza
Puede parecer una contradicción, pero es así. Más vale ser ingenuo que pícaro. Mi papá siempre lo decía. Tal vez por eso le tengo un asco y repulsión terribles a la famosa viveza criolla. No soy el más objetivo para decirlo, pero creo que esta lección la voy internalizando: podrán acusarme de ingenuo o de estúpido, pero no de vivo.
7. Intereses personales para el retiro
Esto es fundamental y creo haber ido aprendiéndolo. El trabajo es una cosa, pero en la vida hay muchas más. Tanto mientras se trabaja como después de él. ¿Qué cosas? No sé, la vida. Cada cual tiene lo suyo: hobbies, deportes, lecturas, escritura, proyectos, etc. Piense más allá del trabajo y sea pleno. Estoy consciente de esta lección, pero a la vez soy optimista: creo que me falta mucho para eso.
8. La familia
No es justo ponerla al final. Sin embargo, muchas veces queda en esa posición. Hay que darle prioridad. Al final de este viaje, es lo único que estará a nuestro lado. Pero más allá de esa visión, un tanto utilitarista, ningún éxito laboral empaña la soledad o un círculo familiar quebrado en mil pedazos. Intento que no me pase, pero estoy seguro: debo poner más empeño en ello cada día. Al fin y al cabo, como se dice, “Roma no se construyó en un día”.
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Esta lista sobre lo que cada uno quiere aprender es personal. Puede ampliarse o restringirse. Pero, como bien decía Couture en sus mandamientos, lo que no podemos como dejar de hacer como abogados es aprender (bueno, decía “estudiar”). Cuando lo dejemos de hacer, estaremos en camino a ser menos abogados. Sí, sin duda para aquellos que piensan que hay muchos abogados sería algo para festejar, pero para los que nos gusta la práctica de la abogacía sería la muerte en cámara lenta.