La manía por encasillar a la gente que tenemos, nos deja muchas veces perplejos con casos que escapan a nuestra limitada razón. Sobre todo, en lo que hace a la academia. ¿Este es positivista? ¿Es iusnaturalista? ¿Es formalista? ¿Es fana de la ponderación? ¿Le gustan los principios? En general, detrás de la práctica jurídica las respuestas son mucho más pedestres.

Mientras tomaba un café con un colega, este me transmitió su profundo desacuerdo con mi manera de ejercer, pues le parecía sumamente incoherente. El planteo, más o menos, era así: “Agustín, para vos cuando te conviene la ley, es la ley, cuando te conviene la jurisprudencia es la jurisprudencia y cuando no te conviene nada, la ley es inconstitucional”.
Desde mi óptica, no se me podía pedir coherencia como defensor más que el hecho de defender los intereses del cliente. Y eso, sin importar las herramientas, salvo que su uso sea dentro de las reglas del litigio, la lealtad, la buena fe y la mar en coche. Me limité a responderle: “Sí, tenés razón, pero no me podés pedir coherencia a mí, eso es para los jueces que en teoría tienen que más o menos seguir sus precedentes”.
Obviamente, no convencí a mi colega. Con el tiempo, pude leer La ley de Murphy para abogados, de Arthur Bloch, un libro que tiene gran humor (cosa que parece que no tenemos los abogados según la experiencia de Hernán Casciari en España al menos).
Con su lectura descubrí muchas cosas, pero sobre todo que mi colega había enunciado, sin saberlo y sin proponérselo, el Principio de Powers, que dice así: “Si la ley está de su parte, apóyese en la ley. Si los hechos están de su parte, apóyese en los hechos. Si ni los hechos ni la ley están de su parte, apóyese en la mesa”.
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Hablando con otro colega, le pregunté, luego de leer un artículo suyo en coautoría, “Ustedes son positivistas, ¿no?”. Me respondió que sí, efectivamente. Admiré su valentía y así se lo hice saber, pues el positivismo está pasado de moda, a pesar que alguna vez sirvió para garantizar derechos, como en el caso de Julieta Lanteri. Hoy todo es principios, ponderación, creación y canilla libre a los jueces activistas que tienen alma de legisladores, pero se olvidan que trabajan de jueces. Casos como el libro de Andrés Rosler, que nos recuerda la tautología de que la ley es la ley, son raros en la academia actual.
Obvio, su pregunta posta fue previsible: “¿Y vos qué sos?”. Mi respuesta fue coherente con el anterior intercambio, café de por medio, con otro colega: “Yo soy lo que convenga a mi cliente. No soy académico, sino que uso los argumentos de las distintas posturas o corrientes académicas y lo aplico al caso concreto”. A diferencia del anterior colega, este lo entendió perfectamente.
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Es que los litigantes somos camaleones, que cambiamos según el caso, el contexto y el cliente. No somos protagonistas de la obra, pues no somos dueños de los conflictos, sino meros actores de reparto. O tal vez menos, ¿asesores del director? Ponéle.
Entonces, estamos más allá de las posturas filosóficas como positivistas o iusnaturalistas. Y con ejemplos pedestres lo entenderemos. Cuando la otra parte incumplió con la espantosa Acordada 1498/18 y vemos que se pasó en la cantidad de renglones, lo que personalmente pensemos de esa norma queda absolutamente de lado. Nuestro trabajo es que el cliente gane y haríamos mal si no planteamos como argumento positivista, formalista, literal, extremo el “che, el muchacho se pasó con los renglones, sale recurso inadmisible”.
¿Y si la situación es al revés? ¿Si nuestro cliente se pasó con la cantidad de renglones? Ahí deberíamos abrazar la flexibilidad de las formas, los principios, las referencias vagas al acceso a la justicia, el llanto liso y llano acompañado de cualquier emoción que ayude y hasta la inconstitucionalidad de la norma antipática. Es lo que corresponde, más allá de que no creamos un ápice con la solución propuesta.
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Retomo la crítica por la coherencia, pero aclaro que los abogados somos pragmáticos, somos lo que el cliente necesita que seamos. ¿Somos mercenarios? No sé si tanto, prefiero la comparación con gladiadores o guerreros de la luz. Así como en Roma era absolutamente irrelevante lo que pensaba el gladiador, es irrelevante la postura académica del abogado. Su trabajo no es publicar artículos y cosechar likes, reseñas bienaventuradas y comentarios elogiosos. No. Su trabajo es ganar para su cliente. Aunque el concepto de “ganar” sea mucho más abarcativo que salir victorioso del juicio.
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Creo que en otra entrevista del Consejo Asesor de la Magistratura, a los postulantes a defensores oficiales penales le preguntaban sobre los roles que podía llegar a tener el defensor. “¿Cómo? ¿Acaso los defensores penales no defienden? ¿Qué otro rol tienen?” Es lo primero que pensé, para luego darme cuenta que también asumen la querella en algunos casos. No sé si llegué a escuchar en esta entrevista la consulta sobre si era fácil “cambiarse el sombrero” para pasar de un rol a otro. Ahora que lo pienso, la frase que personalmente mejor ilustraría esto sería “ponerse la gorra”, pues defensores penales habitualmente acostumbrados a cuestionar el accionar policial, pasarían a ser fanáticos del buen trabajo de la fuerza.
La pregunta me dejó pensando, pues como defensor oficial civil, me cambio el sombrero todos los días. Es un ejercicio habitual. A veces me toca la madre en busca de alimentos para sus hijos, pero a veces tengo que defender al padre al que le reclaman alimentos. Hoy planteo una protección de persona para una mujer golpeada. Mañana defiendo al supuesto golpeador en audiencia. Hoy planteo una demanda por daños y perjuicios por un accidente de tránsito. Y tal vez la semana que viene defiendo al que causó otro accidente similar, pero que encima iba sin seguro vigente.
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¿Cómo enfrentar los cambios de sombrero? ¿Cómo asumir los cambios de roles? ¿Siendo camaleones? ¿Mercenarios? ¿Guerreros de la luz? ¿No casándonos con ninguna filosofía del derecho? ¿O viéndonos como meros operarios que tienen a su disposición una nutrida caja de herramientas que es renovada por aquellos autores que se dedican a investigar, publicar y demás?
Pienso que hay un poco de todo, pero me parece fundamental en el ejercicio diario el humor, como lo dejó sentado Abraham Lincoln cuando ejercía la profesión antes de ser presidente. La anécdota es sin duda deliciosa: al bueno de Abraham le tocó defender a dos clientes por casos parecidos ante el mismo tribunal. Es más, defendió el primer caso a la mañana y el segundo por la tarde. Todo oral, obviamente, no con la locura escrituraria que rige por estas lides. Sin embargo, a la mañana defendía al actor y a la tarde al demandado. Ganó a la mañana. Pero a la tarde desarrolló toda una defensa contradictoria con la de la mañana. La pregunta del juez, sorprendido por esto, fue obvia: “Lincoln, hoy a la mañana en otro caso similar usted dijo lo contrario. ¿Por qué cambió tan repentinamente de opinión?”. La respuesta de Lincoln fue genial: “Muy sencillo señoría. Esta mañana quizás estuviera equivocado pero esta tarde sé que tengo razón”.
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