Leer salva

La lectura como actividad está injustamente subvalorada y, diría, hasta olvidada. Sí, también en tribunales. No, me corrijo, fundamentalmente en tribunales. A pesar que su ejercicio muchas veces nos salve.

¿Cómo puede decirse que la lectura en un ámbito como tribunales está subvalorada y hasta olvidada? Si hay algo que abunda en tribunales son papeles (hoy pomposos archivos PDFs, merced a la digitalización) con letras, palabras, frases, párrafos y demás. Irónicamente, si hay un lugar donde la lectura debería ser una de las actividades principales de todos los involucrados, ese sería tribunales.

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Pensemos un poco el circuito tribunalicio: los abogados hacen escritos. Los empleados los leen y proyectan el despacho. Los funcionarios leen el despacho proyectado y lo pasan a los jueces. Los jueces leen el despacho pasado y lo firman. Así funciona más o menos la cosa, ¿no? Me corrigen acá: ahora tenemos modernas OGAs que según el ámbito penal o civil en el que se maneje, podrán significar Oficina de Gestión de Audiencias u Oficina de Gestión Asociada. No importa, sea una u otra, haya más o menos personas involucradas en la cadena, la lectura es algo que no puede obviarse en la lógica del sistema. ¿O no?

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No me olvido de las resoluciones o sentencias. Otrora, la obra máxima de sus señorías, ni se pensaba en delegar tremenda tarea. Eran otras épocas, donde la delegación era mala palabra y estaba mal vista, incluso por los supremos, hoy subidos a la ola delegativa. Sin embargo, un día (nadie sabe muy bien cuándo, se pierde en la bruma de los recuerdos), todo explotó. El trabajo y los expedientes se multiplicaron a una tasa solo superada por la reproducción de los conejos. Todavía recuerdo cuando mi profesor de procesal en la facultad de derecho, ante mi pregunta (irrespetuosa e impertinente, por supuesto) sobre qué era eso de que los jueces no hacían sus sentencias, me contestó con la realidad pura y dura: “Mire, es tal la situación que debería sentirse dichoso si consigue que la sentencia la haga el que limpia la oficina”.

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El aumento de la litigiosidad, el incremento de la población, la estabilidad de los juzgados o jueces, la falta de recursos, las vetustas normas procesales, etc. Ponga la excusa que se le ocurra o que le guste más. Con el inexorable paso del tiempo, la delegación se fue extendiendo y encontrar a un juez que redactase él mismo sus sentencias (o, al menos, algunas de ellas), era más difícil que encontrar un trébol de cuatro hojas en Irlanda.

Uno supone que, a mayor delegación, debería haber mayor control. Si no redacto todo lo que firmo, al menos debería controlar todo lo que firmo. Y controlar significa, ineludiblemente leer. Sin embargo, por alguna razón que se me escapa, hasta el control cayó en la delegación: así, el empleado redacta, el funcionario controla y el juez firma.

¿Es que se rinde concurso, se hacen entrevistas, se involucra al Consejo Asesor de la Magistratura, al Poder Ejecutivo y al Poder Legislativo para seleccionar personas que al fin de cuentas solo firman lo que hacen otras personas? La cuestión, puesta en esos términos es, sin duda, un absurdo. Ni hablar de los recursos que se gastan en cada procedimiento de selección.

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Por supuesto, ante tanta delegación, la lectura queda en un segundo plano y languidece hasta su extinción. Y no, no es que la delegación debería dejar de existir. Nadie puede hacer solo todo. Es más, no se pide eso. Ahora, hay cosas a delegar y cosas que de ninguna manera pueden delegarse. El padre de un amigo mío, empresario, tenía su propio modelo que, ante mi pregunta sobre la delegación (otra desubicada), dejó muy claro al contestar: “¿Delegar? Yo puedo delegar que me hagás el café”. Lo que se dice, todo un estilo de conducción comprimido en una frase.

A ese modelo se le puede contraponer el del viejo juez Pelayo Ariel Labrada, que, en su Manual de Gestión para el Servicio de Justicia, afirma, en tiempos previos a toda la digitalización, que “el líder no debe hacer nada que pueda ser realizado por otro”. Eso sí, aclara que no “se puede derivar la facultad de decidir, pero sí la de preparar un texto”. Otra vez, un estilo de conducción trazado con una síntesis elocuente que deberíamos aprender para cuando recurrimos resoluciones.

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Todo muy lindo sobre la delegación, la lectura, el liderazgo y demás, pero las palabras hacen agua ante un tribunal como la Corte Suprema de Justicia de la Nación que te tira 15.000 fallos por año como decía en este gran artículo Horacio M. Lynch. Sí, tremendo. Otro viejo juez, Enrique Santiago Petracchi, a quien recordé aquí cuando expuso su postura sobre la crítica, tenía otra visión del tema delegación. En el medio del juicio político a toda la corte allá por la hecatombe del 2002, defendía, en su justa medida, la posibilidad de delegar, con estas palabras:

“La labor de los jueces se divide a mi juicio en dos actividades distintas: una de conocimiento y otra de decisión. La actividad decisoria en la que constituye el mandato contenido en la sentencia, auto interlocutorio, etc. Estas resoluciones de los jueces son precisamente «resoluciones», expresiones significativas de carácter previo, que mandan hacer o no hacer alguna conducta. (…) A mi juicio, la tarea que el juez no puede delegar es la decisoria, la previa. El juez debe decidir, en soledad, si Juan Pérez debe o no debe ser conducido a la cárcel. Debe resolver en soledad si un recurso debe ser declarado procedente o no, si una sentencia debe ser revocada o no. Pero para llegar a este resultado final, es necesario un proceso cognoscitivo (teórico, no volitivo) previo. (…) Quien crea que toda esta tarea pueda ser llevada a cabo por una sola persona, en el caso de los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que dictan más de 200 sentencias cada semana, se equivoca. Esta tarea sería en tal caso técnicamente imposible. La acción de adquirir conocimiento, la acción de investigar con el fin de llegar a enunciados verdaderos, esto es, que describan correctamente (verdaderamente) la realidad es eminentemente delegable. (…). Entre los considerandos de la ley que aumentó el número de los miembros de la Corte se criticaba la delegación de tareas, y también el atraso en la resolución de los casos. Estos dos fundamentos son contradictorios. A menor delegación (de la función cognoscitiva, subrayo) mayor atraso. Nunca he delegado la toma de una decisión. Lo podré probar en la etapa correspondiente si llegara a ser necesario. Pero en cambio sí he delegado tareas de cognición. (…)”.

A todas luces, parece que su posición es similar a la de Labrada. En síntesis, una cosa es tirarle al relator el caso por la cabeza y decirle “tomá, resolvélo vos” y otra muy distinta es instruirle con “acá procede la demanda, por tanto, usá tal modelo y pasámelo”. Otra, totalmente distinta es “tomá el borrador, fijáte si está bien la jurisprudencia y agregále alguna más moderna”. Sin duda, alternativas distintas, como en Elige tu propia aventura.

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Sea que elija uno u otro modelo de delegación en su trabajo, los errores siempre existirán. Al fin y al cabo, si hay algo que sabemos hacer los seres humanos, es equivocarnos. Al pasar, en su momento, recordé algunos errores judiciales, como regularle honorarios a quien no era abogada (insólito), imponer las costas a quien no correspondía (un clásico) o resolver con una remisión a un caso que todavía no estaba resuelto (un viaje al futuro, digamos). Por supuesto, reconozco al juez que, en una causa propia, en un sincericidio reconoció, al darme la razón en una revocatoria, que había firmado el decreto por “inadvertencia del proveyente”. ¿Cuántos de esos errores podrían haberse evitado con la vieja y atenta lectura de lo que firmamos? Tiendo a pensar que muchos.

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“El muerto se ríe del degollado” me podrían decir. ¿O acaso los abogados litigantes no delegan un montón de trabajo en los juniors o en empleados? Ni hablar de fiscales o defensores, ¿no? Por supuesto, en mi trabajo cometo errores y muchos son por no leer. Eso sí, la visión crítica que tengo del trabajo de los jueces me vuelve como un boomerang cada vez que los cometo. Por eso me digo “ya estoy para juez”. Ante la pregunta ineludible de quienes trabajan conmigo hace poco y no entienden por qué ante un error que se podría haber evitado si hubiera leído lo que firmaba me postulo para la magistratura, respondo: “Porque el primer requisito para ser juez es no leer”. Cuando pasan las carcajadas y el trabajo sigue, hasta la misma persona caerá en la frase “Che, ya estás para juez” le diré y entenderá que, esta vez, fue ella quien no leyó, que yo sí lo hice y que pesqué el error antes. ¿O será acaso que el presidente Arnold Schwarzenegger tenía razón cuando decía que él estaba para decidir, liderar y no para leer? En todo caso, un poco de humor para lidiar con nuestros errores hace más liviana la tarea. Prometo en algún momento hacer un ranking con errores publicables.

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Es tan obvio que me da vergüenza decirlo: leer salva. Obvio, no al nivel de Robin Wood que con sus historietas literalmente le salvó la vida a una lectora (¡ah! ¿no sabe?, deje esto y vea el emocionante video de la increíble anécdota), pero sí nos salva de cometer errores que repercuten en los seres humanos que acuden a tribunales (recuerde, detrás de los expedientes, hay gente y abogados). ¿Y si empezamos a leer más? Al fin y al cabo, por más que sea una obviedad, leer salva.

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