En este mundo moderno, el laconismo no está de moda, pero vale la pena revisitarlo. Sobre todo, para los abogados, a los que nos cuesta tanto implementarlo.

“No seas lacónico” me decía mi mamá. Podría haber dicho “no seas corto”, “no seas antipático”, “charlá un poco”, etc. Pero no, dijo “lacónico”. Ahora que lo pienso, capaz que lo dijo y no le llevé el apunte nunca. Es posible. Quizás movido por el orgullo de no preguntarle a mi mamá qué significaba “lacónico” me movilicé al diccionario y busqué el término. La primera acepción no me orientó mucho: “perteneciente a Laconia”. La segunda me iluminó más: “breve, conciso, compendioso”. Y la tercera dejó todo claro: “que habla o escribe de manera lacónica”. Sonreí. ¿Por qué? Pues cuando era chiquito, como me recordó mi papá alguna vez, yo era “el mudo”. “Claro, ¿cómo no ibas a ser mudo? Tenías a tu mamá, a mí y a tus cuatro hermanos más grandes alrededor tuyo. Sumále a tu abuela que estaba chocha con vos y a alguna que otra empleada. Todo el mundo giraba alrededor tuyo. No tenías necesidad de hablar. Indicabas lo que querías y lo tenías de forma inmediata. Solo con señas te comunicabas. No necesitabas de la palabra”. Evidentemente, pasar de ser mudo a ser lacónico, al menos para mí (y creo que en la generalidad también) era un gran paso adelante.
Pasó el tiempo y la verdad, no cambié. Peor, creo que como lacónico, valoro más el laconismo en general. Sobre todo, en el ámbito profesional. Detesto los documentos extensos que en general son farragosos. Odio las reuniones que podrían haber sido un correo electrónico. Ni decir de las personas que me chupan varios minutos para contarme algo que podrían haberme dicho en una oración. Ni hablar de los discursos grandilocuentes, demagógicos y vende humo. Si mi mamá estuviera acá, seguro me haría alguna acotación del tipo “pasaron los años y seguís lacónico”. No tengo dudas: algo le contestaría. Y me río de solo pensar que sería “sí”.
Alguna vez mi mamá vino entusiasmada y me dijo “¿Sabés de dónde viene lo de lacónico? El origen viene de que los habitantes de una región llamada Laconia eran extremadamente cortos al hablar, los laconios. Luego la expresión pasó a ser ‘lacónicos’, se popularizó e independizó del sentido de origen de la región y quedó solo unida al ‘hablar breve y conciso’”. Tomé nota del origen histórico, pero no le di mucha importancia por entonces.
Con el tiempo, mientras estudiaba Historia, no sé si en el secundario o ya en la universidad, aprendí sobre la Guerra del Peloponeso. En principio, me fasciné, porque era la lucha entre dos estilos de vida, no, dos cosmovisiones del mundo absolutamente distintas, a punto tal que las sociedades estaban organizadas de maneras diametralmente opuestas. De un lado, la culta Atenas, con sus filósofos y su amor por el saber, por el conocer las causas. Del otro, la práctica Esparta, con sus soldados, su vida militarizada, su Estado omnipresente y sus esclavos (ojo, en Atenas también había esclavos, como lo recuerda Aristóteles). El choque era inexorable, tarde o temprano estaban destinadas a colisionar. Los libros de texto simplificaban la lucha entre el cerebro ateniense y el músculo espartano.
Por si no lo sabían, la Guerra del Peloponeso la ganó Esparta junto a sus aliados. Sin embargo, no pudo disfrutar mucho las mieles de la conquista. Al poco tiempo la conquistó Tebas. Lo que se dice, una victoria pírrica, antes del nacimiento de Pirro de Epiro inclusive y del desarrollo del concepto mismo.
Solo con el tiempo descubriría que los lacónicos eran los espartanos. Sí, esos que fueron retratados tan bien en 300 (2006) de Zack Snyder y 300: Rise of an Empire (2014). Hasta entonces, hinchaba por los atenienses. Sin embargo, mi corazoncito se corrió un poco al conocer el valor del rey Leónidas en la Batalla de las Termópilas.
Por supuesto, el laconismo de los espartanos era exagerado, visto desde nuestros tiempos modernos, donde lo que cuenta es “producir contenido” (¿para llenar envases?), sumar seguidores, reproducir likes a como dé lugar y, si se puede, “monetizarlo”. Contrariamente a eso, hay máximas o consejos que haríamos bien en seguir. Una que hace poco me recordó un amigo es “Es mejor guardar silencio y ser considerado un tonto, que hablar y despejar las dudas de todos”. Como dicen, “el silencio es salud”.
No todo laconismo es digno de ser imitado, por supuesto. El que uno aspira a desarrollar es el arte de expresarnos de manera breve y concisa, con las palabras justas. De paso, si se puede ser ingenioso, bienvenido sea. Por supuesto, esto era útil para los militares espartanos, pero no solo para ellos. También hacían culto del laconismo los estoicos, que hoy están de moda nuevamente. Eso sí, por conocimiento de causa, no se pase de lacónico, pues tendrá problemas en la comunicación de su mensaje. Caso contrario, pregúntele a mi esposa, que detesta cuando ejercito mi laconismo.
Eso sí, donde desarrollé un laconismo pragmático que roza el paroxismo fue en la escritura y en la oralidad aplicadas en mi ámbito profesional, la abogacía. Ahí intenté hacer carne la frase “la brevedad es el manjar de los jueces” y todos los días busco la mejor forma de ponerla en práctica. En el medio algo debe haber influido una profesora de argumentación que en la facultad nos volvió locos con “escriban oraciones cortas y párrafos cortos”. Algo de lo que nos intentan transmitir los maestros lo intentamos aplicar los alumnos.
En la misma línea de contraponerse a la locura por decir, por figurar, por aparecer, por apropiarse del escenario en el que se ha transformado la vida moderna, se contraponen las anécdotas históricas del laconismo espartano, que me parecen maravillosas. Con mi hermano, que ama las curiosidades históricas, siempre las recordamos. Por supuesto, no pretendo ser preciso sino solo compartirlas de tal forma que le queden grabadas en su memoria, como supongo que quedaron en la mía. Quizás, luego de leerlas, pueda darle una oportunidad al laconismo en su vida, siempre y cuando sus seres queridos no se lo reclamen. O sí, quién sabe.
1) “Si ganas”
El padre de Alejandro Magno era Filipo II de Macedonia. Un hombre que, por supuesto, fue superado por su hijo en cuanto a sus conquistas. Sin embargo, grandilocuente, en el medio de la guerra que emprendió con la Laconia, les hizo llegar un mensaje un tanto evidente: “Si gano la guerra, los arruinaré para siempre”. Algunas fuentes dicen que dijo “Si gano la guerra, serán esclavos para siempre”. No era muy original Filipo en su mensaje. ¿Qué más se podía esperar en el mundo antiguo luego de una guerra perdida? La respuesta que obtuvo fue: “Si ganas”. Otra versión dice que tan solo recibió un “Si”.
2) “Ven y tómalas”
Las bravuconadas existieron siempre y más en el medio de las guerras del mundo clásico. Por eso, era habitual que un ejército invitara a otro a rendirse. El ejército persa le hizo llegar el pedido al rey Leónidas para que depusiera sus armas. La respuesta fue inolvidable: “Ven y tómalas”. Si mal no recuerdo, la película 300 la recrea muy bien.
3) “Entonces lucharemos a la sombra”
Esta es la más famosa anécdota en el ámbito histórico y también está en la película 300. En el medio de la batalla de las Termópilas, alguien reproduce lo que se decía del legendario ejército persa de Jerjes: tiene tantos arqueros que cuando lanzan sus flechas al mismo tiempo, estas tapan la luz del sol. Un espartano respondió, imperturbable: “Entonces lucharemos a la sombra”.