Sí, lo somos y debemos recordarlo cada vez que nos equivocamos como aprendí en este caso (todo por intentar poner un poco de humor).

En algún momento de la vida encontré una cita, creo que del libro La justicia de Alfredo Colmo (a quien recordé sobre el lenguaje forense, cómo ascender a los jueces y la función e importancia de la justicia) que hablaba de la humanidad de los jueces, como fundamento de la falibilidad y de la existencia de los recursos. La usé mucho en mis modelos de recursos. Sin embargo, una cosa es citar una idea y otra es vivirla en carne propia, como experimenté en este caso.
Veamos el caso: una información sumaria que estaba terminada. Mi auxiliar de defensor adjuntó un oficio si mal no recuerdo. La jueza lo agregó, pero fue más allá y exigió que yo, como defensor, ratificase lo que había hecho mi auxiliar. Yo no me quedé callado (grave error) y, si bien ratifiqué lo que hizo, le recomendé a la jueza leer el artículo de la Ley Orgánica del Poder Judicial que transcribí. Lo hice para marcar mi punto: la ratificación que me pedía era absurda, ilógica, insólita y contraria a derecho. Ahora que lo veo a la distancia: una tontera.
La que no lo vio como una tontera fue la jueza, que me impuso una multa equivalente al valor de una consulta escrita de abogados por esa fecha. Obviamente, apelé. Tremendo escrito, agravios, explicación de que no era apropiado y demás… Ríos de tinta tiré, pues en esa época todavía hacíamos escritos en papel.
Cuando la cámara se encargó del recurso, de manera magnífica me marcó el error que había cometido: no puse bien la fecha de la resolución que me había multado. O sea que, si hubiésemos sido formalistas y ortodoxos, había apelado algo que no existía. Obvio (o gracias a Dios), la cámara no abrazó esa posición y la multa quedó en un llamado de atención. Pero lo más importante, en mi caso, fue que aprendí (o hice carne) que todos somos seres humanos.