La rutina burocrática siempre es un riesgo para nuestro trabajo. Por eso agradezco los casos que son como cometas y nos sacan de ella.

Siempre dije que en el trabajo hay veces en los que tenemos días y días con nuestra relación con la rutina laboral. Así, hay días en los que, por distintas razones, solo queremos un día rutinario más, que no nos saquen de nuestra zona de confort, del caso típico que hicimos mil veces, que sabemos que hay que apretar un botón y sale el escrito para la solución óptima. Sin embargo, también tenemos de los otros días, en los que, hartos de la rutina, esperamos como al Mesías que nos caiga un caso novedoso, distinto, que no lleve más allá de lo conocido, que nos haga esforzarnos. O bueno, eso es lo que me pasa a mí. El tema es que sea un día de los primeros o los segundos, tengo la responsabilidad de trabajar con profesionalismo en ambos casos. Y no siempre las ganas de uno se alinean con cómo viene el día. He ahí el desafío, pues una cosa es decirlo y otra es hacerlo, claramente.
La hago corta. Era uno de esos días en los que esperaba que sea un día tranquilo, sin vencimientos ni complicaciones. Y de repente… ¡zas! ¿Qué cosa? Me cae un caso “recomendado”. Hoy, a la distancia, lo veo y me parece una tontera, pero en ese entonces, fue todo un desafío. El contexto de la oficina era espantoso desde el punto de vista de recursos humanos (escasos) y materiales (espantosos). Y en el medio, cae este caso. Era de Chubut. A una madre que se había venido con su hijito muy chiquito a Tucumán, el padre le hacía juicio por la restitución del niño a Chubut. ¿Qué demonios tenía que hacer yo en ese lío si no litigo en Chubut? Escuché a la mujer, leí el código (vieja costumbre que tengo) y me hice la idea de lo que tenía que hacer. Chequeé con mi recomendado a ver si no estaba loco con lo que pretendía hacer. Recuerdo que le dije: “Vos me recomendaste porque lo que tengo que hacer es esto, esto y aquello, ¿no?”. Ante la confirmación, puse manos a la obra. Y ahí, mágicamente, me enchufé y armé el escrito en el cual planteaba la inhibitoria para que el juzgado de Concepción se declare competente en ese caso y requiriese el expediente a su par de Chubut. Por supuesto, argumenté alrededor del interés superior del niño y con todo el trasfondo del caso concreto en el que había violencia, vulnerabilidad, necesidad y pobreza.
La jueza hizo lugar a la inhibitoria y requirió el expediente. Final feliz para un cometa que me movilizó cuando, egoísta, yo solo quería tener un día tranquilo.