No, no es a hacer magia en los juicios, aunque los clientes crean que podemos hacer algo así de vez en cuando. Va por otro lado la cosa…

Los abogados no somos magos
Sí, cuando uno piensa en Harry Houdini, el gran mago antes del moderno David Copperfield, no puede encontrar, a simple vista, alguna relación con el foro.
Sin embargo, hace poco tiempo, mientras iba en el auto, mi hija me pidió que pusiese música. Prendí Spotify y la primera canción que salió fue de una que alcancé a ver como Houdini. Eso me disparó el recuerdo del mago y automáticamente pensé si los abogados no somos un poco magos. No, me dije, nos gustaría, pero no lo somos.
No sé si les pasa a los colegas, pero en mi trabajo vivo diciendo “no somos magos”. Generalmente en el contexto de clientes que llegan con el panorama más negro que uno pueda llegar a imaginarse: plazos vencidos, prueba no producida, notificaciones pasadas, nulidades consentidas, caducidades perdidas, etc.
Esos casos desahuciados me recuerdan que muchas veces, más allá de la habilidad o la pericia del abogado, si no se tiene buena materia prima para trabajar el caso, no hay magia que valga, está irremediablemente perdido.
El final de Houdini
Luego me acordé el triste final de Harry Houdini: murió a los 52 años. Aunque la gente crea que fue haciendo un truco híper difícil o hasta encerrado mientras hacía su performance, no fue así. Ni las cadenas, ni las sogas, ni el agua, ni ningún cuarto o rejas pudieron con la vida del gran Houdini. ¿Entonces? Pues lo que lo llevó al otro mundo fue una peritonitis, para hacerla simple.
La anécdota, que me la contaron desde chico, es que Houdini tenía una fuerza legendaria. Uno de sus desafíos era que alguien del público lo golpease en su abdomen mientras él recibía el golpe sin inmutarse. Ocurrió que un joven lo desafió y agarró a Houdini no bien preparado. Igual el mago pudo actuar y salir bien librado de la situación. Con los días, Houdini empezó a sentirse mal, con dolores y fiebre. No hizo caso a las señales del cuerpo y siguió trabajando. Falleció a los pocos días. Su apendicitis se había transformado en una peritonitis. Insólita forma de despedirse de la vida.
Tres lecciones de la historia de Houdini
¿Y? ¿Qué más podemos aprender de la anécdota/leyenda/mito sobre la muerte de Houdini? Me parece que mucho.
1. No confiarnos. Mucho de nuestro trabajo como abogados nos lleva a ganar confianza. Sobre todo, con las tareas repetitivas. Incluso, con procesos que hacemos una y otra vez, de punta a punta. Sí, en gran parte es para aquellos abogados que manejan volumen: carteras de juicios, en general, uno igual a otro, donde el desafío es la gestión de la cantidad. Cobros ejecutivos y ejecuciones fiscales me vienen a la mente, pero en general, el tema podría ser cualquiera. Con el tiempo, el que se especializa o se dedica a uno, gana en volumen y le termina pareciendo rutinario, a tal punto que podría hacer el trabajo “con los ojos cerrados”. Es en ese momento en el que debemos acordarnos de Houdini y decirnos a nosotros mismos que no debemos confiarnos. El profesionalismo nos exige eso.
2. No subestimar al otro. El no confiarse implica también no subestimar al otro, como le pasó al mago, que arrogante, aceptó el desafío, sin saber la fuerza de su oponente. Como digo siempre, el otro también juega. No tenemos toda la cancha para nosotros solos. El litigio es un juego que se juega de a dos, al menos. Respetemos al adversario, pues seguro que tendrá algo para decir en el proceso. Es más, hasta necesitamos al adversario para mejorar. Cuando la otra parte nos plantea algo nuevo, difícil, complejo se nos presenta la oportunidad para salir de nuestra zona de confort.
3. Saber cuándo parar. Ponéle que Houdini zafó del papelón haciendo creer que los golpes no le dolieron. Ponéle que terminó reconociendo, para sus adentros al menos, que el circunstancial adversario tenía una fuerza que lo descolocó. Y ponéle que también aprendió la lección: hay que prepararse bien, aunque hayamos hecho la tarea/el trabajo/el encargo miles de veces. Todo eso podría haberlo hecho y haber muerto igual. ¿Por qué? Pues porque no supo cuándo parar. Houdini no escuchó a su cuerpo, a sus dolores, siguió en la vorágine del día a día laboral y terminó muriendo. Los abogados, cuya profesión está en medio de conflictos, estrés y la mar en coche, deben aprender a saber cuándo parar. Salvo que quieran terminar como Houdini.
¿Y el castor?
Sí. Es válido preguntarse a esta altura qué tiene que ver un castor con Houdini y los abogados. Para eso, una breve digresión (sí, una más).
Mi papá era ingeniero mecánico. Ya de grande (o sea, con cuatro hijos adultos y dos adolescentes, habrá tenido más de cincuenta años) se puso a hacer un posgrado y se recibió de ingeniero laboral. Luego terminó dando una materia en esa carrera. No sé cómo, pero algo de los conceptos sobre higiene y seguridad en el trabajo aprendí de él. Eso sí, lo que más me shockeó fue una foto maravillosa de un castor que tenía en su oficina, que la pude recuperar gracias a la magia de Internet. Venía precedida de este texto, titulado “Seguridad en el Trabajo”:
“Aún cuando hayas nacido para hacer tu trabajo, es no necesariamente significa que vas a hacerlo automáticamente con seguridad… No importa cuantas veces antes hayas hecho la misma tarea, asegúrate de pensar en todos los aspectos una vez más antes de empezar… porque hasta a los mejores especialistas les puede pasar…”

Mi papá, que tenía un curioso humor, imaginaba siempre al castor, que ufano y arrogante, decía: “Nací para hacer esto. ¿Qué me piensan enseñar a mí?”. Tratemos, como abogados, de no ser castores. Así, tal vez, no terminemos aplastados por el árbol que estemos cortando.
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