Aunque no lo crean, este libro, rojo y “comunista” se encuentra en mi biblioteca. Editado e impreso en Cuba en 1962, lo compré en mi visita mielera en 2012. Comprende diez relatos de Lev Sheinin, un ex Juez de Instrucción de la URSS. Y le dedico la entrada.

Sí, ya sé, muchos procesalistas, activistas y garantistas querrían que hiciera hincapié sobre algunos relatos para jugar a su favor en esa lucha encarnizada por el protagonismo en la materia, pero no.
Hoy comparto solo parte del primer capítulo que me quedó grabado a fuego. Moscú. 1923. La revolución en plena marcha. Un jovencísimo Lev Sheinin es convocado al Comité distrital de Komsomol. Obviamente, es puntual para la cita.
«¿Por qué me llaman?», se pregunta. Osipov, dirigente de la Sección de Organización, no le contesta, le sonríe y le dice que Sasha Gramp, secretario del Comité, le iba a responder su interrogante. Pasan a su despacho.
Gramp no le da rodeos. La revolución ha decidido abrirle las puertas de los cargos públicos en una serie de organismos a un grupo de jóvenes comunistas veteranos. Sheinin, militante desde 1919, estaba en la lista.
“Nos hacen falta inspectores de hacienda y jueces de instrucción”, le dice Gramp, mientras echa bocanadas de humo a una pipa gigantesca.
“¿Y yo que tengo que ver con esto?” pregunta Sheinin. Gramp ignora la pregunta. Insiste en que lo que más se necesita son jueces de instrucción en los que se pueda confiar. La revolución los necesita pues da miedo saber que todavía dos terceras partes de los que actúan en Moscú no pertenezcan al partido. ¡Para peor muchos actuaron en los tiempos del zarismo! “¡La revolución debe tener sus propios Sherlock Holmes!”, sentencia Gramp.
Sheinin se sincera y dice más o menos algo así: “Sasha, no quiero ser inspector ni juez instructor, no sé de finanzas y de Sherlock Holmes solo sé que fumaba en pipa. Pero además, ¡estoy estudiando en el Instituto de Literatura! ¡Quiero ser escritor!”
Gramp no se anda con vueltas. “¡Imbécil! ¿Qué le importan a la revolución tus anhelos individualistas? Además, si has decidido dedicarte a la literatura, por eso tenés que ser inspector de hacienda o juez instructor. ¡Argumentos, caracteres, dramas humanos: ahí está la literatura, zoquete! El Poder soviéticos necesita inspectores y jueces. Nosotros debemos dárselos. Y tú eres uno de los que les damos. Y punto redondo”.
Así, Lev Sheinin se enfrentó a la pregunta obvia: “¿Para dónde te damos la credencial: para la Delegación de Hacienda de la provincia o para el Juzgado Provincial?”
¡Qué nominación del Poder Ejecutivo ni acuerdo del Poder Legislativo! ¡Qué terna del Consejo de la Magistratura ni ocho cuartos! Así, Lev Sheinin, un muchachuelo de 17 años, carente de conocimientos jurídicos, se transformó en juez de instrucción.
Sí, esto fue un hilo el 01/09/24.