¡Quiero mi Jarvis!

Si hay un tema trillado y de moda es la inteligencia artificial, con Chat GPT como estrella principal. La entrada busca simplemente aportar una visión egoísta del tema.

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Los abogados vivimos entre procesos y actos repetitivos. Es más, la misma jurisprudencia, con toda la importancia que se da corte, no es otra cosa que una cadena gigante de actos que se repitieron a lo largo de la historia por distintos jueces, siendo generosos.

Alguna vez un profesor en la facultad de derecho, que también era juez (sí, de esos jueces que dan clase cuya existencia no le gusta a Martín Böhmer, como lo cuenta en esta charla) dijo algo así como “Demanda + Prueba = Sentencia”. Me pareció fantástico, de una simpleza excepcional.

Ahora, la práctica de la abogacía tiene sus complejidades y ramificaciones. No es lo mismo ejercer hoy que hace setenta años o recién sancionado el Código Civil de Vélez Sarsfield. Sin embargo, si nos detenemos un poco a pensar sobre las tareas que hacemos los abogados, encontraremos, como en toda profesión, una inmensa cantidad de cosas repetitivas. No sé si al punto de que muchas veces nos sentimos “robots pedorros” como dice Leo Piccioli acá, pero algo así.

Frente a eso, obviamente surgieron posibilidades, pero me atrevo a decir que todavía hay muchísimo camino por andar. No bastó pasar de escribir a mano a la máquina de escribir y luego a la computadora. No fue suficiente pasar del archivo en papel al famoso LEX Doctor. Tampoco bastó pasar del expediente en papel (¿se acuerdan?) al expediente digital.

Hemos sustituido las idas a la biblioteca por la consulta a bases de doctrina y jurisprudencia. Eliminamos la presentación de documentación física por su digitalización. Nos creemos modernos porque ya no nos vemos las caras face to face, sino a través de pantallas con aplicaciones como Skype, Zoom, Google Meet o la que se le antoje.

¿Pero todo eso basta?

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En el medio de todo eso, el ejercicio de la abogacía, el litigio ante los tribunales, lógicamente que cambió. Como los mismos tribunales, que hasta se creyeron cool al incorporar la última novedad, WhatsApp (en comparación con el correo electrónico, lo es: nació en 2009).

Diligenciar un oficio era antes toda una aventura: tenía que estar bien redactado, firmado, sellado. Luego tenías que dar con la oficina correspondiente y tener la suerte de ir justo en su horario de atención al público que solo excepcionalmente era de lunes a viernes. Llevar la lógica copia, que te la firmen, sellen y fechen. Luego adjuntar todo eso con un escrito al expediente. Parece la prehistoria, pero hace poco más de 4 años así se hacían las cosas. Hoy basta un correo electrónico, que se inventó en 1971. ¿Es que los abogados y judiciales nos creemos modernos, actualizados y aggiornados por al fin decidir utilizar tecnología de hace cincuenta años?

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Por si fuera poco, en el medio de todo eso, con hasta la simulación de una mediación en el Metaverso, apareció el dichoso Chat GPT. Y explotó todo. De repente la famosa inteligencia artificial, que para muchos no era más que una maravillosa película de Steven Spielberg, empezó a formar parte de nuestra cotidianeidad.

Debo decir que antes había aparecido Watson con sus pretensiones de ejercer la medicina o, al menos, ayudar en la lucha con el cáncer. El tema es que luego derivó en Ross, que pretende ejercer la abogacía. Capaz que hace cinco años, cuando nos lo contaban, como en esta charla, no le dimos importancia. “No nos va a llegar eso nunca”. “Somos irreemplazables”. “A mí no me va a pasar”.

Sí, por supuesto, todas frases hechas que ya fueron desmentidas en otros ámbitos de la realidad. Ahora, lo que sonaba a locura, como lo es la creación de una Comisión de Inteligencia Artificial en el seno del Poder Judicial de Tucumán (Acordada 113/19), puede ser visto como un paso anticipatorio.

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Abrazar la digitalización impactó en la forma de ejercer la abogacía. Pregúntenles a los pasillos de tribunales que extrañan la época en que los profesionales los colmaban con su trajinar. O a los empleados de la desaparecida Oficina de Casillero de Notificaciones.

Daría para caer en el tremendismo de “se van a perder puestos de trabajo” pero ahí está la Oficina de Digitalización. Trabajo siempre habrá. El tema es cómo hacerlo.

Por supuesto que habrá cuestiones éticas y hasta filosóficas sobre el uso de la inteligencia artificial. Cada cambio tecnológico o revolución tecnológica implica cuestionamientos de ese tipo. ¿Está bien presentar un escrito redactado por IA? Si yo hice la pregunta y la IA me dio la respuesta, ¿puede atribuirme la propiedad intelectual de su respuesta? ¿Puedo decir que sin mi prompt la IA no haría nada y por ende es mío el mérito? ¿Acaso los abogados pasaremos a ser expertos en “promptear”? ¿Y los jueces? ¿Qué harán en un futuro? ¿Serán expertos en conversar con la IA sobre la mejor solución al caso que tienen entre manos para resolver? ¿Qué rol jugarán los relatores? ¿Esto terminará teniendo un impacto en el siempre extenso número de casos que se atribuye para resolver la justicia? ¿O la crisis de cantidad continuará? ¿Se acabará así una excusa para “el exceso de trabajo”? ¿Cuál será el trabajo de abogados y jueces frente a IAs que no solo tendrán mayor conocimiento sino hasta que incluso redacten en un lenguaje más claro que el de ellos mismos, que hacen ingentes esfuerzos para subirse a la ola del lenguaje claro?

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La verdad, no tengo ni idea sobre la respuesta a todas esas preguntas. Pero no me aterra. La vida es incertidumbre en gran parte. O es lo que nos pasa mientras hacemos planes, como dijo John Lennon. En el mientras tanto, entre tenerla y no necesitarla y necesitarla y no tenerla, elijo tenerla, aunque implique estudiar, dedicarse, invertir tiempo en hacerse amigo de la IA para entenderla y sacarle el jugo. Al fin y al cabo, todos, en cualquier trabajo, tenemos tareas que no nos gustan. O que son espantosas o que la IA las haría mejor que nosotros. ¿Y si se las encargamos? Ganaríamos el recurso más escaso del ser humano, sea rico o pobre: el tiempo. ¿Y con eso qué haríamos? Pues lo que se nos venga en gana. Sugeriría mejorar en aquellas habilidades a las que la IA, por ahora, se encuentra lejos: como nuestra capacidad de empatizar con aquel cliente que acuda en busca de nuestro consejo profesional afligido. Obvio, tiendo a pensar que en esos momentos, como abogado, me gustaría, cual Ironman, tener a mano a mi propio Jarvis.

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