Sigue la feria y como en general el movimiento es mínimo, se tiene (en teoría) más tiempo para pensar y reflexionar sobre por qué hacemos lo que hacemos, si es que lo podemos cambiar y, además, cuándo.

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Los abogados (y eso incluye a los jueces, fiscales y defensores) somos curiosos. Es lógico que cualquier área del saber tenga su lenguaje técnico. En eso el Derecho no es distinto de ninguna otra rama o disciplina del saber como la Economía, la Física o la Literatura. Cada materia tiene sus propias herramientas, sus términos específicos y demás. Incluso, detrás de todo lo que hacemos, aunque no lo vemos, hay un montón de prácticas, costumbres, creencias, lugares y formas de vida en el quehacer judicial. Un ejemplo de acercamiento a ese mundo judicial con el análisis etnográfico que puede parecernos curioso es el libro de la comprovinciana Leticia Barrera, La Corte Suprema en escena, que es sumamente recomendable. Sobre todo para los curiosos que quieren saber qué hay detrás de tanta solemnidad, majestuosidad y demás en una burocracia que parece tan lejana como lo es la de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
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Ahora bien, el lenguaje forense tiene obviamente, sus particularidades. Otra obra maravillosa y, es más, hasta con humor en la dosis justa, es Terminología forense del gran juez Pelayo Ariel Labrada. ¿Por qué usamos determinadas expresiones los abogados? ¿Por qué elegimos palabras tan complicadas a veces? ¿Las creamos? ¿O las copiamos?
La “polémica” data de hace muchísimos años. Acabo de buscar un artículo que leí en el suplemento literario del Diario La Gaceta, titulado ¡Ay, de la lengua de los abogados! y casi me muero al ver que era de fines de 2003, hace más de 20 años. Ciertamente, una locura. Hoy está de moda el lenguaje claro, aunque sea más difícil que hablar difícil cuando lo queremos intentar.
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Otro gran juez, pero esta vez penal, Mario Alberto Juliano, supo, con gran ironía, acidez y humor, señalar a lo largo de su ejercicio, las falencias del lenguaje forense. No solo en sentencias kilométricas que abundan en citas de autoridad y oraciones-párrafos, sino en lo que hace a las formas en las que todos los abogados nos relacionamos en el ámbito judicial. Así, en esta columna, decía al respecto sobre el lenguaje de los jueces: “Comunicarse con la sociedad, tender puentes, implica modificar sustancialmente el lenguaje que empleamos, abandonar latinazgos y palabras difíciles que pretenden aparentar una erudición francamente inexistente. Y ya no solamente escribir resoluciones breves y sencillas, sino expresarlas verbalmente, de frente a los interesados, dando la cara y exponiendo claramente las razones que nos llevan a decidir de un modo u otro. Tengo la convicción que muchas de las incomprensiones de la ciudadanía se originan en la dificultad de entender lo que queremos decir”. Volvió sobre este tema muchas veces, sobre todo durante la cuarentena, en varios artículos que pueden leerse acá.
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Sin embargo, quiero detenerme no en el tema del lenguaje en general, sino solo en un aspecto en particular que sería la delicia de cualquier análisis etnográfico. ¿A qué me refiero? A “lo que siempre se hizo así” que es llamar a colegas (sí, los jueces, fiscales y defensores son colegas, porque antes de serlo, fueron y son abogados) como “Su Señoría” (queda un espanto sobre todo en audiencias), “Usía” (menos común), “Vuestra Excelencia” (el más terrible de todos para mi gusto) y el siempre acompañante de las cámaras, “Excelentísima” o de su presidente, “Excelentísimo”. El que es un clásico que nunca falta es el “Dios guarde a V.E.” (V.E. vendría a ser Vuestra Excelencia).
¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué lo seguimos haciendo? ¿Solo porque siempre se hizo así? ¿Es por algo en especial? ¿Por qué nos paramos cuando ingresa a una habitación alguno de estos seres excelentísimos? ¿Se puede hacer algo al respecto?
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La verdad, Juliano condensó mucho tiempo antes las respuestas a varias de estas preguntas, con una distribución de responsabilidades entre quienes forman parte del Poder Judicial, la abogacía en su conjunto y, por supuesto, la academia, por acá: “En este sentido los integrantes del Poder Judicial (expresión superior de las peores cualidades de la abogacía) tenemos las principales responsabilidades de abandonar modelos comunicacionales incomprensibles, que de modo acrítico venimos arrastrando a través de los tiempos. Pero no siempre la culpa es del chancho. También es necesario que la abogacía se ponga los pantalones largos (¿o las polleras largas?) y deje de ponerse de pie cada vez que una jueza o juez entra a una sala de audiencias, deje de dirigirse a esos funcionarios públicos como Su Señoría, Usía o Vuestra Excelencia, y escribirlo de ese modo en sus presentaciones, o encomendar sus almas a dioses en los que, en ocasiones, ni siquiera creemos. Sin ampararse en exigencias o costumbres inveteradas, rayanas con el abuso de autoridad. Y también la enorme responsabilidad de la Universidad en la formación de los futuros profesionales, que deben dejar de ser amasados a imagen y semejanza de los peores formatos de la abogacía”.
Por supuesto, cada uno se hace cargo de su metro cuadrado, como se dice. Cuando me tocó ejercer, busqué poner en práctica muchas de estas críticas. Así, como recordé en un hilo alguna vez, o acá mismo, siempre dije a quienes trabajan conmigo, que el único al cual se trata de excelencia es al Gobernador, en cumplimiento de la Constitución de Tucumán.
Por supuesto, los cambios a veces son graduales y otras veces son de shock. Así, en una primera época desaparecieron el “Excma.” en los escritos a cámaras y a la corte. Al mismo tiempo, el “Su Señoría” se suplantó por el “Sr. Juez” o “Sra. Jueza”. ¿Qué se hizo con el “Dios guarde a V.S.” o “Dios guarde a V.E.” del final de los escritos? Se sustituyó por el parco “JUSTICIA”.
En la segunda etapa se eliminó el “JUSTICIA” para que solo quede la firma y la aclaración. Hace poco se borró el “Sr.” o “Sra.” para jueces y juezas. Todo llega.
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Mario Alberto Juliano se nos fue en 2020 mientras intentaba cambiar su mundo. No alcanzó a ver que, quizás, su prédica sobre el lenguaje forense, en especial, sobre el anacrónico uso de tratamientos como “Su Señoría”, tímidamente empezaron a irse para atrás. Así, la Suprema Corte de Buenos Aires a fines de 2021 sacó una resolución que eliminó de cuajo esas expresiones en las comunicaciones judiciales, como se contó por acá. Y el año pasado, se sumó a la movida el Superior Tribunal de Justicia de Formosa, con otra normativa similar, que también Diario Judicial contó aquí.
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Tucumán no se sumó a los ejemplos bonaerense y formoseño. Así, en nuestro pequeño foro, todavía se extienden sus señorías con sus señoríos, sus excelencias, los excelentísimos, las excelentísimas y a todos, sin diferencia alguna, los guarda Dios (no sé cuál dios, eso sí). Todo llega. ¿Todo llega?
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